Al otro lado del pueblo, había alguien que no conseguía dormir.
Tenía sus palabras claras, directas, incrustadas en la cabeza. No se molestó en ocultar, ni en fingir demencia. Él se había reprimido como un idiota, pero era lo más sensato que podía hacer. Confirmó que, entre más prohibida sea la persona que te gusta, más interesante podría llegar a ser. Increíblemente deseable. Insoportable. Una parte mínima de su cabeza, comenzaba a cuestionarse si la sugerencia deJessica, por muy malintencionada que fuera, tenía razón. El marcharse de Dimbert era la puerta a la tranquilidad; siempre había repudiado las relaciones entre profesores y alumnos e involucrarse en una era el peor error que podía cometer.
Y estaba tan cansado de cometer errores...
Aún con la molestia, tomó una copa de vino tinto antes de ir a la cama. Porque no dejaba de ser grandioso ser correspondido. Emma le gustaba, ya no había forma de negarlo. Le gustaba su altanería, el valor para decir las cosas de frente, la libertad con la que podía expresarse, sin importarle lo que pensaran de ella, la alegría que emanaba su presencia, el optimismo en su mirada y lo carnosos de sus labios.
Se sintió como un pervertido por desearla de un modo tan descomunal, pero su cuerpo y su instinto no podían ser engañados. Era guapa, inteligente, valiente, fuerte, divertida y absolutamente leal a sus amigos. ¿Qué más podía pedir?
Claro, que tuviera veinte años más para que dejara de ser un error. O en su caso, él tener veinte años menos.
Enfadado consigo mismo, se levantó y sin pensarlo, le escribió un mail a Blair. No podía esperar más. Le contó la historia completa, desde la ruptura con Jessica hasta sus arranques de celos y la amenaza disfrazada de advertencia. La razón por la que había elegido contarlo a Blair y no a Thomas, era porque de los dos, ella era la más sensata. Le diría que dejara atrás esa locura, que no era lo correcto, mientras que él no haría otra cosa más que reírse y llamarlo cobarde. Y sí, lo era.
Pero no era lo que necesitaba oír o leer.
Vaciló antes de enviar el correo. Significaría soportar minutos y minutos de una conversación telefónica, como si hablara con su mamá, pero lo necesitaba en verdad. Dio clic en el botoncito azul para cerrar de un golpe el portátil y posteriormente, dormir un poco.
La cabeza le taladraba de un modo atroz; se levantó lentamente porque los mareos no cesaban y cogió el celular que se encontraba en el suelo. Lo puso en modo silencioso porque no dejaba de sonar. ¡Nunca antes había sido tan molesto! Pudo distinguir que tenía dos llamadas perdidas, una de Patrick y la otra de su padre. No deseaba contestarle a nadie.
Cuando consiguió andar en línea recta, se evaluó frente al espejo ovalado que tenía en el rincón de la habitación. Aún estaba vestida con el disfraz de Merlina, y las trenzas estaban hechas una maraña. No había rastro alguno de labial y el maquillaje alrededor de los ojos no era más que una molesta sombra que parecía un antifaz mal puesto. Tenía lagañas, aunque ya no lucía pálida como la noche anterior. Su cabeza dio un giro inesperado cuando recordó.
Recordó a Robert Harris, la confesión en medio de mareos y una calle solitaria. Recordó el deseo reprimido de aferrarlo hacia ella para besarlo. Se sentía como una idiota. ¿En qué pensaba al delatarse de ese modo? Sí, la franqueza era su fuerte, pero a veces la misma verdad le traía problemas. Se quedó parada intentando recordar cada detalle de la fiesta: recordaba a Lexi, April, la música embriagante y luego que comenzaba a beber como desesperada. A partir de ahí, veía colores, sombras y figuras sin sentido... hasta que vio a Robert sentado junto a ella, en la banqueta fría, esperando pacientemente a que se le bajara el efecto etílico.
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El amor que construimos
Romansa¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
