Desde mi habitación, París me ofrece una de las vistas más maravillosas que pude imaginar. La mañana entra a la ciudad con un tono rosado muy ligero junto con una gama de colores que se le asemejan bastante, hasta terminar por el tono durazno. Me encuentro terminando los detalles para volver a California. El vuelo saldría por la noche, de modo que tengo tiempo para conocer por lo menos un poco. Después del desayuno, pido un taxi para encaminarme a la Torre Eiffel. Para ser un sábado de verano, hay demasiado color. La luz solar emana las calles, haciendo un panorama visual perfecto al incrustarse por los huecos que dejan las ramas torcidas de los árboles.
Tengo la oportunidad de caminar por los Campos Elíseos sin despegar la mirada de la potente torre. Majestuosa, inmensa. Y me duele estar solo, contemplándola. Aunque eso no debería hacerme sentir mal, porque, después de todo, yo había hecho de todo para demostrarle mi locura de amor por ella. Al final de todo, yo aproveché el tiempo, el esfuerzo, sin dejarme sucumbir por el mismo miedo.
Desde el momento en el que cerré la puerta de su departamento, evité luchar con la idea de lo que sería de mi vida a partir de ese momento. No quiero pensar a futuro, porque eso me dolería aún más. Intento no darle vueltas al asunto.
Vuelvo al hotel justo a tiempo para hacer check out y tomo el primer taxi que aguarda en la entrada para dirigirme al aeropuerto. Estoy tan distraído que no noto que está ocupado el asiento del copiloto.
—Perdónala, Robert, es muy testaruda cuando se lo propone —dijo Jacques.
Los miro a él y al chofer sin entender. Asiente para que arrancara y nos guía por una ruta muy diferente a la del aeropuerto.
—Ella no sabe que estoy aquí, cielo —me dice—. Probablemente me mataría. Pero decidí que si me voy a morir de todos modos...
—¿Qué se supone que haces, Jacques? —protesté— ¡Voy a perder mi vuelo!
Me dedica una mirada traviesa.
—Ese es el plan, guapo.
—¿Sabes que el secuestro es ilegal aquí también?
Se ríe sin remordimiento.
—Me lo vas a agradecer. Vengo del futuro y lo he visto.
El taxista también se ríe, pero yo no relajo mi expresión... aunque no lo admita, ya se lo estoy agradeciendo. Al cabo de un momento, se detiene en el edificio. Jacques paga la tarifa y saca mi maleta de la cajuela. Lo sigo con cierto nivel de inseguridad. Abre la puerta y deja la maleta en el recibidor. Cuando lo alcanzo, me toma del brazo y me empuja al interior de su departamento.
—Ahora o nunca —susurra tras guiñarme un ojo. Entonces, cierra por fuera y se marcha.
—¿Jacques? —escucho su voz temblorosa en el fondo del pasillo—. Estoy aquí.
Sin responderle, camino lentamente a la puerta blanca del fondo, donde procede su voz. Debe ser su recámara. Abro la puerta lentamente y la veo, sentada sobre la cama, dando la espalda a la entrada.
—Me siento mal, Jacques —murmura con aire ausente—. Le dije que no lo amaba y era mentira. Le dije que se fuera y... me hizo caso. ¡Ya sé lo que vas a decir! —suspira—. Que soy una idiota por dejar ir a semejante muñeco. ¿Y sabes qué? ¡Ya no hay marcha atrás! A esta hora ya debe estar volviendo. Es demasiado tarde.
Mi esperanza renace y me río sin disimular. Se gira de golpe.
—¿Ya no hay marcha atrás? —pregunto.
Ella jadea y se levanta de un salto. Apenas y presto atención a su cabello sedoso recogido en dos trenzas idénticas, al igual que a los bóxers de algodón que usa y a la cómoda camiseta gris que hace juego con su ropa interior. Y que no dejan nada a la imaginación. Cielos, no tengo fuerza para resistir...
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El amor que construimos
Romansa¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
