El viaje a White Mountain tomó un poco más de 2 horas hacia el norte siguiendo la carretera principal, dado que tuvieron que hacer una parada para desayunar porque el estómago de Emma no dejaba de gruñir. Se detuvieron en Bradford, en un establecimiento con finta hogareña e invernal (como todo lo demás) y desayunaron huevos revueltos con café y pan tostado con mermelada y crema de maní. Robert había notado que ese solía ser el desayuno predilecto de ella, era lo que comía cuando el itinerario de las clases se lo permitía, además de ser una total adicta al café. En una ocasión contó la cantidad de tazas que tomó mientras se reunía con Patrick a hacer un trabajo. Cinco tazas. En dos horas; tal vez por eso era demasiado hiperactiva.
Sin despegar la vista del camino, le entregó un aparato negro y pesado, del tamaño de una cajita.
—Tú serás la encargada de la música de este viaje.
Emma evaluó el iPod que le entregó. Era el diseño clásico, ese que ella siempre había querido desde su adolescencia, pero por alguna razón no lograba comprarlo. Estaba en perfectas condiciones, con la manzanita negra tan brillante que parecía nuevo. De no prestar atención en el control redondo que dominaba el aparato, mismo que tenía huellas consecuencia de su uso frecuente, diría que el iPod era nuevo.
—¡Increíble! —halagó mientras lo conectaba al estéreo del coche—. Llevo años queriendo comprarme un modelo así.
—Te regalaré uno para Navidad.
Emma puso los ojos en blanco y entonces buscó los artistas que Robert guardaba. Soltaba risas de vez en cuando al ver sus gustos musicales, así como jadeos de asombro y gemidos que emanaban nostalgia.
—¿Tan malos son mis gustos?— bromeó.
—Algunos, nada más. ¡Tienes descargado uno de mis CD's favoritos!
—Solo soy un vejestorio en apariencia.
Le dedicó un guiño que desataba sensualidad.
—Yo no estaría tan segura de eso.
Y entonces pulsó el botón de play. Se dejaron acunar por la música, aunque ella cantaba en voz alta el coro.
—Lovesick es mi canción favorita —declaró en el solo de la canción.
Y simplemente no podía haber nada mejor. Su voz era melodiosa, no con suficiente talento para cantar pero su entusiasmo la hacía oírse bien. Se sabía la letra completa pero claramente disfrutaba del coro. De esa y de todas las canciones que eligió, Robert le acompañó a cantar Wonderwall y después eligieron algo de Pearl Jam.
—El Grunge fue mi compañero en la universidad —le contó—. Básicamente mi atuendo se basaba en camisas de franela grandes, pantalones rotos y botas de montañista. Y mi cabello era largo, aunque ni de cerca como el tuyo.
—¡No lo dices en serio! —Emma se llevó las manos a la boca, pero de todas formas se echó a reír estruendosamente—. ¡Apenas consigo imaginarte así!
Y era cierto. Se estrujó los sesos en busca de una imagen mental hasta que lo consiguió. Lo imaginó con el cabello color chocolate con leche, tan sedoso y largo que hasta ella sentiría envidia.
—No me veía tan mal como te imaginas —se defendió entre risillas—. Solo tenía de rebelde la apariencia. Siempre me gustó mucho estudiar.
—¿Y cómo era la vida en los noventa?
Sonrió encantado por su curiosidad.
—Bueno —se rascó la frente—, era muy diferente, obviamente. La tecnología apenas nos alcanzaba y según yo, el tiempo avanzaba más lento. Los días eran amenos, las estaciones del clima respetaban sus tiempos, ya sabes, calentamiento global. En marzo realmente hacía calor, mientras que diciembre era un nido de nieve. Al menos siempre fue en Chicago.
ESTÁS LEYENDO
El amor que construimos
Romantik¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
