Al final, Robert eligió tomarse la semana completa.
De cualquier modo, faltaban unos días para Acción de Gracias y muchos de los estudiantes iban a sus ciudades de origen para el festejo. Algunos, como Lexi, April, Patrick y la misma Emma (hasta el año pasado), preferían ir a las fiestas que organizaban en los límites de Hanover junto con la comunidad de Dartmouth. Sabía que su vida dio un giro de 180 grados y se preguntó si era momento de hablarlo por lo menos con su mejor amiga. Lexi siempre ha sido su confidente, además de que necesitaría un buen pretexto para no asistir con ellos a las fiestas, aunque Patrick sí estaba al tanto, de muy mala gana. No podría decir que estaría con su familia, porque ella sabía también de la mala relación con su padre y ni de chiste pensaba ir a pasar el rato con él. Este año era diferente porque estaría con Robert. Prefirió no mencionarlo y esperar una respuesta de su parte.
Él no lograba asimilar la muerte de Marie y con justa razón. A su lado, ya no se escuchaba el cantar de los pajarillos que ella con mucho esmero alimentaba. Las mañanas eran silenciosas y ni hablar de lo mucho que echaba de menos sus charlas, lo dulce del chocolate con malvaviscos, el olor a naranja de las galletas recién horneadas. Emma estuvo a su lado todas las noches. Salía muy temprano hacia su dormitorio con la intención de evitar ser vista saliendo de la casa de un profesor y desde el funeral, usaba su dormitorio únicamente para ducharse y cambiarse de ropa. Lexi comenzaba a acostumbrarse a dormir sola, aunque de todas formas no frecuentaban mucho por la diferencia de sus carreras.
Patrick continuaba frecuentando a April, pero seguía sin estar seguro de tener interés en ella. Se sentía como un amigo celoso pero no por estar interesado en Emma, sino porque tanto él como todos en el campus conocían los riesgos de tener una relación con un profesor.
Los días en el campus sin Robert eran simples. No había miradas a lo lejos, ni coqueteos, ni insinuantes muecas que le arrancaban la necesidad de llevarlo a su oficina y encerrarse con él mientras le arrancaba la ropa a tirones. Lo echaba mucho de menos. Se concentraba en clases pero notaba un cambio en ella. Se descubrió pensando en él todo el tiempo, y eso que dormían juntos. ¡Pero qué locura! De no conocerse, diría que se estaba enamorando de verdad de su profesor.
¿Lo estaba?
Y entonces un vacío se apoderaba de su ser. Le enojaba extrañarlo tanto, desearlo de un modo tan carnal... y todas las noches, salvo la del funeral, llegaba su casa a hurtadillas para no dejarse ver y, sin siquiera articular un saludo, plasmaba su boca en la suya como una desesperada, hasta que la misma pasión se derramara por toda la casa, provocando un incendio de sus propios cuerpos que casi todas las veces terminaba en su habitación, ya que no siempre tenían tiempo de llegar hasta allá.
El viernes en la noche, se dirigió a cenar como habían quedado. Pasó al súper a comprar una botella de vino —se terminó la que Robert tenía, debido a que, desde que estaban juntos, se sentía deslumbrado todas las noches—, y sintió la necesidad de llevarle algo. Compró algunas legumbres, una tarta y se presentó con él. Cada que ella tocaba el timbre y salía a recibirla, le mostraba esa sonrisa torcida que la hacía sentir de papel, como una hojilla que volaba de un lado a otro, sintiendo la dicha a su vez.
—Nena, no debiste molestarte —le dijo una vez que entraron y le quitó las bolsas para ayudarla—. El que debe complacerte soy yo.
—No empieces, ya lo hice. Mejor bésame.
Dejó las cosas en la barra de la cocina y se acercó lentamente a ella. Tomó la cabeza con una infinita dulzura y la besó sin decir más. Tuvo que ponerse de puntitas dado que era más alto y, conforme el beso se prolongaba, aumentaba de intensidad, aunque esa vez pasaron de cero a treinta en un santiamén. Robert gemía mientras mordía con cuidado sus labios carnosos y ella consiguió quitarse la chaqueta y aventarla por ahí. Ambos rieron sin separarse cuando oyeron que aterrizó en la mesita del teléfono, porque el mismo cayó provocando ruido por toda la casa.
—Vas a dejarme sin casa —bromeó sobre sus labios.
Ignorando el chiste, se separó un momento de él para desabotonarse la blusa blanca mientras le dedicaba una mirada de lo más insinuante. Le dirigió una sonrisa juguetona y sin más, se quitó con un solo movimiento, la playera gris con cuello en V que usaba.
La sujetó de las manos cuando pretendía quitarse el sostén. La levantó con facilidad para sentarla sobre la barra de la cocina mientras separaba sus piernas para poder acoplarse a su cuerpo. Ambos encajaban a la perfección, y en más de una ocasión, Robert agradeció que la barra quedara a la altura de sus caderas, porque de ser lo contrario, hacer el amor en la barra de la cocina habría sido un desafío.
Se separaron para despojarse de los pantalones, aunque Robert solo bajó la bragueta. Le entusiasmaba la idea de hacer el amor estando medio vestido y Emma lo aprobó, quitándose solo una pierna de los jeans para poder acoplarse bien.
—Creí que solo querías un beso... —jadeó sobre su boca.
—No soy de las que se conforman.
Y entonces, hicieron el amor en la cocina. Emma sonrió ante la ironía que representaba esa noche en particular. Él le había comentado que con ella fue la primera vez que hacía el amor fuera de la recámara, pero ella no le dijo que en realidad era la primera vez que estaba haciendo el amor con alguien. Había tenido otras relaciones antes de conocer a Robert, pero únicamente se dejaba llevar por un deseo fugaz.
A veces se preguntaba si estaba bien, porque le dolía el corazón cuando estaba con Robert. Era la sensación más maravillosa de la Tierra, pero también la más aterradora. Cuando se hace el amor con emoción, con el sentimiento reposando tu ser, tu mente y tu sangre, dolía, porque no se sabía si esa sería la primera o la última vez. Y por eso, cada noche era única, especial. Emma estaba perdida y no quería reconocerlo en voz alta. Estaba dormida cuando Robert le dijo que la quería, pero no lo suficiente como para no oírlo. Y le dio miedo, porque la relación que ellos mantenían, se tornaba cada vez más peligrosa. Emma estaba perdida, porque se descubrió perdidamente enamorada de él.
Gruñó y entonces abrió los ojos. Robert la estaba mirando también, con expresión seria y enfocando sus pupilas en las suyas. Estaban haciendo el amor de un modo violento, donde además de desnudar sus cuerpos, desnudaban sus pensamientos el uno con el otro. La forma más peligrosa de hacer el amor era con los ojos abiertos, porque solo así se sabría lo que piensa la otra persona. Gimieron y jadearon mientras ejercían movimientos cada vez más rápidos, bruscos y, cuando alcanzaron el más épico de los orgasmos, Robert hundió la cabeza en su pecho y permanecieron inmóviles. Ella suspiró y lo acunó contra ella. Al final, le dio un beso en la coronilla.
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El amor que construimos
Romans¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
