Desde luego, Blair tenía toda la intención de hacerlo escarmentar. Robert se tumbó en la cama con la mano pegada a la oreja. No paraba de hacer muecas y llegó a la parte en la que lamentaba habérselo contado. De haber elegido a Thomas, la conversación no rebasaría los diez minutos, pero acabaría con chistes malísimos que no quería oír en ese momento.
—En serio, Rob, ¿te has vuelto loco? —le estaba diciendo—. ¡Tiene la edad de Dale!
—Ella es dos años más grande —atajó.
—¡Ah! ¡Dos años mayor! ¡Qué oportuno!
A lo lejos se escuchó la risa de Thomas.
—Me siento muy confundido. Necesito ayuda, no regaños.
Blair tomó aire.
—Mira, cielo, es una estudiante. Te vas a meter en un problema descomunal y no tiene caso que arruines tu carrera por un deseo irracional. Quizá ella solo quiere dormir contigo y adiós, ¡y tú prácticamente estás pensando en una boda!
—No exageres. Me gusta, es todo.
—Y no entiendo —prosiguió ignorando su comentario— cómo fue que rompiste tu brecha de mantenerte alejado de las mujeres de menor edad. Siempre te negabas a eso y ahora... caíste en menos de dos meses. ¡Y con una que es enemiga de tu ex!
—Es un imán para las locas —gritó Thomas a lo lejos.
—Piénsalo bien, Robbie, porque te conozco, y sé que como siempre, vas a mandar al demonio la razón—suspiró resignada.
Robert hizo una pausa e intentó cambiar de tema.
—¿Vendrán a visitarme? —Sí, precisamente por eso también te llamé. Además de regañarte, claro —añadió—. Thomas debe ir a cerrar el trato con la inmobiliaria en San Francisco, por lo que el viaje se demora un poco más. Pensé que podremos pasar Navidad por allá.
—Aquí los estaré esperando —sonrió mirando hacia el techo— Entonces, ¿la compra de la casa es un hecho?
—Sí —soltó una risilla—, no soy una madre sobreprotectora, de verdad.
—Blair, no lo hacen por estar cerca de Helen, ¿verdad?
—Necesito un cambio de aires —intervino—, pero sí.
—Qué bueno que no eres mi madre.
—Tienes razón, cielo. Qué bueno que no soy tu madre, porque te mataría a golpes si me enterara que te gusta alguien con la mitad de edad que tú.
—¡Voy a pensarlo bien! ¿De acuerdo?
—¡JA!
—Te escribo.
—De acuerdo. Nos veremos para Navidad.
Entonces, colgaron. Al final, se desesperó en medio de la soledad y salió en busca de Marie. Tenía días que no hablaba con su vecina. Las luces de la casita estaban encendidas y, aunque ella le había otorgado la confianza para entrar sin tocar, Robert no dejaba de sentirse grosero y prefirió esperar.
—Vas a matarme de un enojo si sigues haciendo eso —le reclamó.
—¿Pero por qué?
Robert le dio un beso en la frente.
—Porque ya sabes que eres bienvenido aquí. Siéntate, anda, hice chocolate caliente.
La cocina de Marie olía espléndidamente. Le sirvió una taza grande chocolate que emitía ondas de vapor y encima colocó un puñado de malvaviscos; era como una abuela consentidora y a Robert le sentaba bien la compañía. Y una taza de bebida caliente.
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El amor que construimos
Roman d'amour¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
