El verano llegaba a su fin y arrastraba consigo las últimas tormentas. Era más que normal despertar por una suave y fría brisa, además del olor a bosque, como a tierra mojada. Para tener casi tres semanas viviendo ahí, Robert comenzaba a asimilarlo mejor.
Desde que terminó con Jessica, se había acostumbrado a desayunar en casa de la señora Robinson.Resultaba agradable: era una mujer increíblemente parlanchina, con un humor tan liviano que era capaz de iluminar una sala completa con su frágil risa y su sarcasmo que en más de una ocasión hacía sonrojara su invitado, quien se oponía totalmente a comportarse como tal. Podía ver la debilidad de sus manos ásperas y muy amablemente se ofrecía a ayudarle con los waffles, a poner la cafetera y a sacar las galletas del horno, mismas que previamente colocaba para obsequiárselas al profesor que, día con día, iba cada vez más motivado.
—¿Cómo te has sentido en este tiempo viviendo aquí? —le preguntó mientras bebían café.
—Mucho mejor que cuando llegué —se encogió de hombros—. La soledad es apacible en esta etapa de mi vida.
—Y sigo sin creer que un muñeco como tú esté solo —rio por lo bajo—. No bromeo cuando digo que si tuviera tu edad, te llevaría a mi habitación en este momento —Robert rio con ganas—, pero apuesto a que debe haber alguna mujer buscándote por ahí.
A decir verdad, eran varias, incluida una insistente Jessica. Pero lo suyo era la modestia.
—De momento me siento bien así —se limitó a decir.
—Niño tan tonto. La belleza física es temporal. Explótala.
—Tú eres preciosa.
Le acarició la mano con lentitud.
—No lograrás que salga contigo, bribón, pero puede que cambie de idea.
Se levantó con demasiada cautela y caminó muy lentamente hacia la nevera, para tomar algo del frasco que posaba sobre el mismo. Antes de dar un solo paso, hizo ademán de lanzarle algo y Robert logró atraparlo con la mano con gran agilidad. Era una llave larga y de forma poco usual, protegida por un aro de metal de color del bronce.Era la llave de un auto. Se levantó de golpe.
—No, ni siquiera lo pienses —comenzó a protestar mientras le tendía la mano con la llave encima.
—Rudy me ha dicho que sí. Llévalo al taller y será tuyo.
—No puedo aceptar un jeep así como así.
—Claro que puedes. Y no me discutas, que todavía tengo fuerza para hacerte escarmentar.
—Marie —se quejó.
La mujer se limitó a mirarlo sin sonreír y él se rindió con un gemido. Se sentía avergonzado por permitir un regalo de semejante magnitud que, aunque no fuera nuevo, seguía siendo un obsequio muy ostentoso.Le dedicó una sonrisa tierna y resguardó la llave dentro del puño.
—Voy a pagarles el jeep, Marie. No pienso quedármelo como regalo y sabes que nada me hará cambiar de opinión.
Puso los ojos en blanco.
—¡Está bien! Ya lo discutiremos luego. Ahora ve al campus, que seguro llegas tarde. Rudy vendrá en un par de horas a lavarlo —negó con la cabeza al ver su reacción—. Sin discutir.
Se acercó y le dio un beso en la frente.
—Nos veremos en la cena, preciosa.
—¡Ya lárgate, bribón! —espetó con tono burlón.
Le sorprendió la rapidez con la que se acopló a la vida en Dimbert. Su parada en el café con Lexi era tan habitual, que incluso llevaba una amistad un poco más sólida con ella y con Rick. Todas las mañanas, Lexi le tenía preparado un muffin o una bebida caliente según era el caso, de modo que Robert se había acostumbrado a recibir pequeños pero valiosos obsequios. La vida universitaria dentro de un pueblo era una constante rutina, benéfica para los negocios aledaños. Estar ahí era como viajar en el tiempo, al pasado. Y el simple hecho, no le sentaba nada mal. Era cerca del mediodía cuando se encontraba sentado frente a Main Street cuando la vio pasar. Jessica caminaba a toda prisa en dirección a la Rectoría. Pudo notar su expresión de enfado y se veía tan concentrada que no se percató de su presencia. Se sentía raro al ver así a su ex novia y se preguntó si sería buena idea saludarla en el transcurso del día.
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El amor que construimos
Romance¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
