La despertó el cantar melódico de las aves.
La manera en la que la luz del día penetraba la habitación daba a entender que la lluvia de la noche anterior no había sido más que un sueño, una maraña que desapareció de la nada. Le costó un minuto asimilar en dónde se encontraba: acostada boca abajo, con las sábanas cubriéndole estratégicamente la cintura hasta las rodillas. Emitió un suspiro profundo al sentirse tan relajada. Dos segundos después, prestó atención a los olores. Sin moverse, lo podía oler todo. Olía a café recién hecho, a pan tostado y a... ¿eran huevos con jamón? También entraba una ligera brisa de aire frío, junto con el olor fresco del bosque. Levantó la cabeza y vio que estaba sola en la cama.
Lanzó un gruñido mientras se estiraba y se colocó la bata que se encontraba junto a la cama. Él debió colocarla ahí, aunque no recordaba haber oído nada. Debió pedir el desayuno también, porque sobre la mesita de noche había una enorme charola de plata con comida para dos y una cafetera que lanzaba destellos de vapor. Y debió ser quien abrió la puerta de cristal que daba al balcón con vista al bosque. Caminó descalza y entonces lo vio ahí. Tenía puesta la playera blanca, aparentemente seca y usaba unos pants grises. Permanecía sentado sobre la silla de metal, con los cojines blancos colocados previamente. Estaba totalmente quieto, mirando hacia el interior del bosque. No se parecía en nada al intimidante escenario bajo la lluvia. Se veía tranquilo, con los matices rojizos de otoño sobre los árboles. Era un bosque irreal.
Se giró en cuanto la oyó.
Le sonrió de oreja a oreja de un modo que le quitaba el aliento. Se levantó y se acercó a ella y sin más, le dio un profundo beso.
—Buenos días, cariño. ¿Has dormido bien?
Emma asintió y entonces sintió calor en las mejillas. Robert acarició cada rincón de su rostro, como si intentara memorizarlo.
—Te ves muy hermosa cuando te sonrojas.
—Muy gracioso.
Entraron a la habitación, dejando la puerta abierta. Robert se le adelantó y le tendió una silla frente a la mesita del desayuno.
—Me tomé la libertad de ordenar el desayuno, supuse que no querías bajar aún. Podemos hacerlo si quieres. Y esta mañana he salido temprano rumbo a Crawford. Fui por el coche y traje las cosas.
Señaló el par de mochilas que se hallaban reposando junto a la entrada. Emma siguió la trayectoria y entonces tiritó de frío. Estaba sirviéndose una taza de café cuando Robert se levantó y cerró la puerta de la terraza.
—No tenías que hacerlo.
—Sí tenía qué. Tienes frío.
—Me refiero a lo de las mochilas. Imagino que mi ropa se habrá secado.
—Ah —se rascó la nuca con aspecto avergonzado—, es que... tenía que hacerlo. Hum, verás, creo que me salí de mis cabales ayer por la noche.
—¿De qué hablas? —inquirió y dio un sorbo al café caliente. Robert rio pero también hizo una mueca, repentinamente avergonzado.
—Rompí tu braga de encaje cuando te la quité —admitió.
—¡No! ¿De verdad? —abrió los ojos como platos y se echó a reír.
—Creí que te enfadarías.
—¡Por supuesto que no! —tomó más café y dejó la taza sobre la mesa—, me sorprende bastante. No me di cuenta. Estaba muy ocupada.
Volvió a reír cuando ella le guiñó un ojo.
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El amor que construimos
Romance¿Y si el amor de tu vida es 20 años menor que tú? ¿Cómo saber cuál es tu hogar en el mundo? Robert Harris, un escritor atractivo y talentoso, llega a Norwich, Vermont, un pueblo donde parece vivir en un otoño permanente, con la intención de huir de...
