Capítulo 27

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Estaba tan confundida que la cabeza le dio vueltas.

Se percibía un silencio inquietante en la habitación. Hacía falta la alegría de Lexi para motivarla un poco y aun así tenía dudas sobre si lo lograría. Sacó su teléfono con la intención de llamarla porque necesitaba hablar con alguien. Necesitaba que alguien le dijera que todo eso era mentira, que él jamás jugaría de ese modo. Quería que alguien le dijera que todas las noches que pasaron juntos eran lo que demostró: reales. Contempló el contacto de su amiga y dejó caer el móvil junto a la cama, no quería molestarla. Su corazón estaba hecho añicos porque su rostro perfecto continuaba deslizándose por su mente y se preguntó en cuánto tiempo podría superarlo. Al menos recordarlo sin sentir dolor, porque sabía que ella no podría olvidar.

Solo que no sabía si lo que no podía olvidar, era lo malo, y no lo bueno.

Le dolía existir. Le dolía el recuerdo de sus besos, sus caricias, todas las noches y días en los que hicieron el amor. Le dolía amarlo.

Sentía un tapón incrustado en la garganta, una especie de corcho que le impedía llorar; tuvo que sentarse para poder mantener un ritmo normal de respiración. El teléfono sonó, interrumpiendo con el aterrador silencio. Por instinto, vio el remitente pero aventó el dispositivo cuando vio que se trataba de él. Ya no tenía caso responderle.

El celular quedó tendido en el suelo y aunque la vibración sonaba sobre la alfombra, lo ignoró. Se acostó boca arriba sobre la cama y cerró los ojos. Lo que menos quería, era pensar. Estaba perdida en medio de la nada, cayendo en el precipicio más doloroso, infinito. Y él le había prometido que nunca la dejaría caer. Entonces, ¿por qué no se detenía?

El vibrador del teléfono continuaba y se bajó de un golpe porque estaba decidida a contestar. Tal vez encontraría una solución a tanto dolor, o por lo menos, necesitaba oír su voz. Necesitaba que le dijera que no era cierto y que todo estaría bien.

—¿Hola? —respondió con un hilo de voz.

—¡Jay! —el tono grueso y terriblemente conocido le provocó una punzada en el estómago—. Estaba preocupado. ¿Perdiste la cabeza o qué? ¿Cómo pudiste creerle?

—¡Ahora no, papá! —gritó—. ¿Solo has llamado para eso? ¡Déjame en paz y ocúpate de tus asuntos!

—Espera, Jay—respondió rápidamente—. Mira, no me importa lo que digas. Estoy muy cerca del campus. Tú y yo nos vamos a tomar un descanso, ¿está bien? Te prometo que estaremos solos. Amanda va a estar con Dale y con ese imbécil, arreglando lo que le hizo al chico. Yo me quedo contigo.

—¡¿Qué?! —la ira recorrió sus arterias al imaginarlo con ella—. ¿De qué hablas? ¿Cómo supiste?

—Llego a tu dormitorio ahora —dijo y colgó.

Los nudillos tocando la puerta interrumpieron sus pensamientos. Se levantó a trompicones y abrió por completo. La sangre se le fue del rostro, porque no era su padre quien estaba ahí.

La empujó suavemente al entrar y cerró la puerta a su espalda.

—No puedo permitir que esto se venga abajo —la mirada ansiosa se centró en la suya—. Te encontré y no voy a perderte. Sé que me pediste que me marchara, pero algo en lo que jamás mentí es que te quiero, Emma. Te quiero en verdad y por eso estoy aquí. No quiero que te vayas de mi lado, nunca.

Sin pensarlo, se acercó tanto a ella que sentían sus respiraciones. Cuando intentó retroceder para evitar el contacto, la tomó por la cintura y la aferró a su pecho duro. A pesar de que el dolor dominaba su cuerpo, la misma ráfaga ardiente se mezcló, luchando por aniquilar el sentimiento y al mismo tiempo luchaba contra el deseo de lanzarse sobre sus labios para morderlos.

El amor que construimosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora