Domingo de ajedrez.

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—Jodido tráfico —escupió Bruno bajando del lujoso auto negro que los llevaba a él y a su hijo a la mansión Demontis—. Carajo —masculló más estresado al sentir las manos vacías—. Neilan, baja los canapés, se me olvidaron —refunfuñó alisando su saco con las manos.

Neilan bajó por la otra puerta con la caja de canapés en la mano. El traje negro impecable le daba una apariencia intimidante que coincidía con su personalidad distante y reservada; apariencia que era sólo exterior, pues en su cabeza una colmena de pensamientos le retumbaba contra las sienes. Ni siquiera entendía por qué había acompañado a su padre, por qué pretendía hablar con Angela y, mucho menos, por qué se había encaprichado con ella a causa de una débil corazonada. No podía explicarse a sí mismo, y actuaba en contra de su propia confusión.

Caminó junto a su padre a la puerta de la mansión, una empleada les abrió y amablemente les dijo que el señor Demontis estaba en la habitación de siempre. La casa era rústica, el olor a madera flotaba en el corredor que conducía al salón en el que el dueño les esperaba, dicho salón era igual de cálido, acogedor y elegante que el resto de la vivienda. Libreros cubrían cada espacio de la pared y dos ventanales abiertos permitían al viento refrescar el lugar, frente a ellos, el señor Demontis preparaba el tablero de ajedrez en una mesa pequeña para dos personas.

—Amigo —saludó Vicenzo levantándose al verlos entrar, abrió los brazos a Bruno y los dos compartieron un abrazo alegre—. ¡Neilan!, que sorpresa verte aquí, sólo me hablas por trabajo —lo riñó, abrazándolo también—. Siéntate. ¿Jugarás con nosotros?. Hay whisky y cigarrillos, aunque no sé si te gustarán.

—Traje mi cajetilla, gracias —respondió, tomando asiento en una silla de cuero alejada, sin prestar mucho interés a lo que ambos señores decían. Sus ojos vagaban al exterior del salón, buscando la presencia de alguien más en esa casa a parte de Vicenzo.

—Lo de los americanos. Una mierda —inició Bruno la conversación del modo usual.

—Sí —murmuró Vicenzo realizando el primer movimiento sobre el tablero—. Pero ya no he pensado en ello.

—¿No? ¿Y eso por qué?.

—Angelina se encargará —la mención del nombre captó la atención del tercer hombre en el lugar.

—¿Ah, sí? —preguntó Bruno con una sonrisa amplia—. Entonces hay que celebrar. Neilan, un trago para los tres, por favor —pidió a su hijo y este se levantó en silencio—. ¿Y dónde está ella? No me recibió hoy.

—En la piscina, descansando. Ayer no durmió bien. Un loco le llamó a las cuatro de la mañana —el loco se tensó mientras servía los tragos.

—¿La ofendió?

—No, no dijo nada. Estuvo dos minutos esperando respuesta y decidió colgar.

—Con el asunto de los americanos, deberías rastrear esa llamada. Parece sospechoso —aconsejó Bruno, aceptando el vaso que Neilan le ofrecía—. ¿Qué opinas tú, hijo?.

—Es una coincidencia extraña —concordó, disimulando con gran esfuerzo—. Si se repite debería hacer algo.

—Se lo diré a Angie.

Neilan no volvió a su asiento y lento, pero decidido, se encaminó a la salida.

—¿A dónde vas? —preguntó Vicenzo.

—A fumar un rato —respondió mostrando la cajetilla, el señor hizo una mueca de desagrado.

—¿Eso? Sal, no quiero oler esa mierda —se burló. Neilan negó con una sonrisa, saliendo de la habitación, mientras las risas de los dos viejos resonaban en el pasillo.

Angela ● abogada de la Mafia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora