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Dímelo todo.

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Le urgía un café bien cargado que la despertara de esa pesadilla y le quitara el terrible sueño que tenía. Si tan solo no se hubiera quedado despierta hasta tarde... No, no, imposible; aunque hubiera adivinado el futuro, igual hubiera sacrificado esas horas de sueño viendo las películas que Chiara había elegido. Estaba muy emocionada cuando la recibió en su casa la noche anterior, le hubiera sido imposible romper su ilusión diciendo que estaba cansada. Estaba conociendo esa faceta entusiasta y alegre de su antigua clienta, estaba conociendo a la verdadera Chiara que antes era una llamita frágil apenas encendida por miedo, y no quería desanimarla con ninguna excusa. Quería verla ser ella misma.

Entró al ascensor y presionó repetidamente el botón para cerrar las puertas. Sentía que todo andaba muy lento, como si el mundo nadara en un mar de miel espesa. Las paredes plateadas la reflejaban de pies a cabeza, se pasó los dedos entre las ondas del pelo, lo tenía muy voluminoso al haber hecho su rutina de cabello a la carrera. Vestía la mejor ropa que había encontrado para acudir al rescate de Neilan: una camisa formal azul marino que Chiara le prestó y una falda lápiz color negro con una abertura en el muslo derecho que había comprado en una tienda de segunda mano en la cuadra de Chiara. Las medias, los tacones de aguja y el abrigo todos negros cumplían con el objetivo de hacerla ver más profesional; y el labial rojo profundo en su boca alejaba la atención del resto de su rostro que no había alcanzado a maquillar por falta de tiempo. Llegó al piso en el que estaba retenido su cliente y salió del elevador hacia la sala de interrogatorios. El aire de victoria que emanaban los policías la impactó al poner un pie fuera de la cabina y pesó sobre sus hombros mientras caminaba entre los escritorios sin permitirse bajar la frente, no iba a concederles el placer de intimidarla. Ignoró también a los agentes fuera de la sala y entró sin más preámbulos.

Neilan tenía los codos sobre la mesa y las manos entrelazadas frente al rostro. Sus ojos indiferentes se iluminaron al verla cruzar el umbral y en su semblante frío apareció una pequeña sonrisa, la cual ocultó tras las manos aunque ella la distinguió claramente. Sonrió también, era inevitable, tener la intensa mirada de él puesta en ella le arrancaba una sonrisa involuntaria sin importar las circunstancias. Le era imposible dominar sus reacciones al ser enfocada por esos ojos oscuros que le pertenecían al hombre que le encantaba. Tal vez sí era un gatito y él su dueño en lugar de su servidor después de todo, pero no pensaba decírselo.

—Buenos días, detectives —saludó dirigiéndose a la silla junto a Neilan. Sentados al otro lado de la mesa estaban Conti y el policía con el que había hablado en el cementerio.

—Demontis, ¿ya no defiende a papi? —se burló su viejo rival.

—¿Qué cree que estoy haciendo?.

Pronunció la pregunta mientras caminaba tras su cliente para que sólo él la escuchara. Neilan giró el rostro a un lado para ocultar la sonrisa que tenía en la cara. ¿Cómo podía ponerlo caliente en una jodida estación de policía?. Se miraron por menos de un segundo con la malicia inundándoles los ojos, fue una interacción muy corta para que los dos policías detectaran algo inusual. Rápidamente, Angela retomó su formalismo al estar sentada y se puso a trabajar:

—Y bien, ¿de qué se le acusa a mi cliente y qué tienen en su contra que respalde tales acusaciones?.

La confianza de Conti era palpable en esas cuatro paredes. Le sonrió como el gato del país de las maravillas. Verlo así de contento le caló hondo a la abogada, su intuición le decía que esta vez no sería sencillo de solucionar.

El detective abrió la carpeta que descansaba sobre la mesa junto a una caja de cartón y la empujó hacia Angela. Eran fotografías de una escena de homicidio. Deslizó uno por uno los cuadros sangrientos, distintos ángulos de la muerte de un hombre. La víctima yacía semidesnuda en el suelo de piedra blanca a la orilla de una piscina, era un hombre de mediana edad con un cuerpo no atlético, barba espesa y de gran altura. Bajo el cadáver había un lago rojo, la pequeña mesa a su lado estaba caída y las cosas desparramadas en el piso: los vidrios de unas botellas, colillas y un arma. Era un caos.

Angela ● abogada de la Mafia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora