Humo

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Neilan estaba impresionado. Muy impresionado.

La foto que tenía en la mano mostraba a Angela abrazando a Chiara Di Marco, la que trabajaba en una revista; y guiándose por el escenario que las rodeaba, la enorme sonrisa de ambas y sus ojos cerrados, era fácil adivinar que celebraban. En otra de las fotos, Angela tenía los brazos en alto y una expresión de alegría, sus amigas aparecían igual. Algunas eran en el restaurante, Angela comía, reía, se servía una copa y luego otra, a veces se notaba sorprendida, otras veces muy atenta escuchando lo que alguna de las mujeres decía. El último escenario era la zona de baile, su mujer ahora bailaba junto a las otras; Nina y ella aparecían en la mayoría, girando, abrazadas, con las bocas abiertas gritando la letra de alguna canción...

Habían capturado la imagen de su mujer desde tantos ángulos, alguno tenía que ser desfavorecedor, eso era evidente porque su pequeña prima se veía bizca en algunas y con muecas que de seguro la harían querer quemar esas fotos.

Se llevó el vaso de whisky a la boca para ocultar la risa.

Y sin embargo, Angela se veía preciosa en todas, o al menos para él. ¿Eran sus ojos enamorados los que ya no eran un juez imparcial? Probablemente, pero lo seguro era que se llevaría esas fotos a casa. No iba a permitir que una bola de viejos tuviera fotos de su mujer.

Tal vez enmarcaría una de ellas, esa en el restaurante, en la que sonríe y tiene la barbilla apoyada en la palma mientras presta atención a lo que su secretaria le dice. Merecía ser enmarcada; la pondría en la pared del salón para disfrutarla cuando quisiera... y de paso molestar a Nina. La idea arrancó una sonrisa de sus labios; aunque al alzar la mirada, su rostro mostró una seriedad inalterable, pues los cuatro mediadores estaban sentados frente a él.

El salón principal del club de campo se encontraba desierto, sólo una mesa redonda y cinco hombres ocupaban su interior.

Neilan posó su mirada en cada uno de los mediadores, una mirada interrogante e incluso burlona. Sus ojos negros decían: "¿Y esto qué? ¿Qué reacción esperaban obtener?", y los presentes quedaron desconcertados; tres de ellos nada más, Román sabía de antemano que la reunión era inútil. Angela era la clase de mujer que atraía como las sirenas por su bonito exterior y que ahuyentaba como las brujas por su tempestuosa personalidad. Tal vez si fuera tan joven como el capo, también estaría perdido. Les era imposible pensar lo mismo a sus compañeros, a ellos les desagradaba mucho una mujer que no podían controlar; en especial a Berté, quien estaba muy hablador esa tarde y había dejado en claro que era un fuerte opositor a la señorita Demontis.

—¿A qué quieren llegar? —cuestionó el capo tras un pesado silencio.

A Atzori no le sorprendió que Berté respondiera:

—La señorita Demontis no es una elección adecuada para esposa, don Mancuso. Estas fotografías lo dejan en evidencia. Es todo lo contrario.

—¿Conoce a mi mujer?

—No, pero no es necesario. Este comportamiento... no es el de una buena esposa.

—A mi mujer le gusta divertirse —murmuró bajando la vista a las fotos dispersas sobre la mesa—, y a mi me gusta que se divierta. No veo ningún mal comportamiento aquí.

—No debería estar en un casino en primer lugar —replicó Berté perdiendo la paciencia—. No debería beber tanto. No debería bailar de ese modo. No debería vestirse así, como toda una-

—Si continúas, te mueres, Berté —interrumpió Neilan, su rostro estaba visiblemente tenso, el enojo le inundaba la mirada. El mediador se tragó la palabra de cuatro letras que por poco se le escapa.

—Lo que trata de decir... —intervino otro de ellos— es que su actitud no es la de una mujer recatada, la de una madre y esposa comprometida con su familia. Hay otras señoritas que serían una mejor opción, tenemos sugerencias.

Angela ● abogada de la Mafia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora