Ingredientes para el caos

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—¡¿Y ya no puede hacer nada?! —cuestionó un alterado Aurelio al fiscal encargado del caso, o mejor dicho, de su brillante plan de venganza—. Hable con el juez, busque en esos libros, ¡Algo!. Mi vida está en riesgo. ¡Me matarán si subo a ese estrado!.

Era la reacción que Torchio esperaba al decirle que debía testificar por orden del tribunal de jueces. No se tomó personal la descortesía del testigo, estaba frustrado y tenía razón, esto pintaba mal para la fiscalía y para su supervivencia.

—Hice todo lo posible para disuadir a los jueces de su decisión, pero la defensa presentó argumentos válidos que respaldaron la necesidad de un testimonio identificable... y hasta cierto punto, estoy de acuerdo.

Aurelio detuvo su rabieta y lo miró con las esferas de sus ojos salidas de las cuencas.

—¿Qué dice?.

—La evidencia física y la palabra de los otros testigos es suficiente para llevar un caso a la corte, pero es también muy poca para extinguir toda posibilidad de duda. En menos palabras: no basta para probar que Mancuso es culpable. Su abogada ha sabido poner en duda cada pieza de evidencia; el jurado popular ya no tiene certeza de que sea un criminal.

—Pero ellos no dan el veredicto, sino los jueces.

—La conclusión del jurado es igual de importante. Sus votos son cruciales.

Su testigo bajó la mirada al suelo, pensativo. Su ceño surcado de arrugas y sus ojos distantes le demostraban miedo, pero también una emoción oscura que era todo un enigma para él.

—Pero no tiene por qué preocuparse —dijo queriendo resolver ciertas duda que un viejo mediador le había dejado—. Su testimonio es verídico. Su palabra es tan fuerte y digna de ser creída como la de Mancuso. Usted tiene la verdad, no él, ¿no es así? —su pregunta fue inusualmente retadora. Aurelio sospechó de él. ¿Sabría que su supuesta historia como soldado de la mafia era toda una farsa? No, era imposible. Contados hombres lo sabían, él no era uno de ellos, era el único peón sobre el tablero que no tenía idea del plan.

—Sí —sonrió enviando al fondo la preocupación que sentía—. Tiene razón.

Torchio asintió analizando su cara. Desde que Atzori lo visitó tenía ese constante presentimiento de que estaban jugando con él. Pero, ¿cómo podría obtener la verdad sin morir en el proceso? Era muy riesgoso.

—Bien —dijo simulando su profesionalismo de siempre—. Repasaremos minuciosamente su testimonio y practicaremos el interrogatorio para el juicio. También el posible interrogatorio de la defensa.

—Dijo que mi palabra es tan creíble como la de Mancuso... ¿él testificará también?.

—Claro —observó de reojo la reacción de Aurelio, un fugaz miedo cruzó por su mirar. Otro gramo de sospecha. ¿Qué demonios estaba pasando?—. Tiene el derecho fundamental de confrontar a quien lo acusa. Conseguí su testimonio como un trato después de que le concedieran el suyo a la defensa. No se preocupe, sé elegir las preguntas adecuadas. Haré que su fachada caiga.

Aurelio asintió fingiendo una frágil confianza frente al abogado. Sabía que era muy bueno, pero también que Angela no era mala.

Ojalá que Torchio arrancara esa envoltura distinguida de Neilan y mostrará al mafioso oculto bajo el papel; y ojalá que su propia fachada no se quebrara bajo los cuestionamientos de Demontis.

{●●●}

Su pie marcaba un ansioso zapateo sobre el piso blanco de la sala de espera. Ya casi era su turno y Neilan no llegaba. ¿Qué pasaba? Estaba muy irritada desde que esa mañana él le dijo que había surgido algo y tenía que solucionarlo rápido. ¿Era Calabrese? ¿Aurelio? ¿O Carlo otra vez? Ash, tantas cosas en su cabeza, ¡era molesto!. Se moría de ganas por que retomaran el juicio al día siguiente, así se desahogaría. Irónicamente la corte le ayudaba a desestresarse.

Angela ● abogada de la Mafia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora