Epílogo.

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Tres años después.

Esa era su parte favorita del día durante los últimos tres años de matrimonio con su mujer: llegar a casa luego de una cuestionable jornada de trabajo. Aparcó de manera descuidada en la gravilla blanca frente a la casa y bajó sin ponerle llave a las puertas, cada fibra de su ser era atraída hacia el interior de su hogar. Sólo quería cargar a sus hijos y besar a su esposa, sobre todo hoy, que era una fecha importante para ambos. Quería celebrar con sus bebés y luego con su mujer a solas.

Con la expectativa de ver cumplidos sus deseos caminó a paso rápido hasta la puerta y entró gritando lo de siempre:

—¡Ya llegué!.

Tal y como todos los días desde que sus pequeños bebés sabían caminar y hablar, sus agudas vocecitas y el ruido de sus pies corriendo sobre la madera hicieron el silencio disiparse en el aire.

—¡Papi! —exclamaron al unísono sus hijos cruzando el umbral que daba al salón. Se apoyó en una de sus rodillas frente a la puerta para recibirlos.

La pequeña Allegra llegó primero a sus brazos y se lanzó a rodearle el cuello. Era una niña hermosa a sus ojos que la amaban, con el cabello oscuro como el suyo y un par de ojos marrones idénticos a los que él tenía. Su hija era la más parecida a él físicamente, toda la familia lo decía, pero debía admitir que en términos de carácter era una versión en miniatura de su madre. Tan caprichosa, altiva, orgullosa y traviesa como Angela, siempre planeando un modo de salirse con la suya; le impresionaba su capacidad de pensar estrategias para evitar comer verduras o lograr quedarse despierta cinco minutos más. Aún era una pequeñita, pero Neilan sabía que cuando fuera una mujer adulta tendría lo necesario para liderar a la familia junto a su hermano.

Hablando del dulce Gabriele, este llegó detrás de su hermana y abrazó el pecho de su padre, a pesar de que sus pequeños brazos no le alcanzaban para rodearlo, eso sólo lo hacía aplicar más fuerza, apretarlo como si quisiera que Neilan se encogiera y cupiera por fin en su abrazo. Era un niño sumamente cariñoso, de cabello negro como era común en la familia Mancuso, pero cuyo rostro estaba adornado con dos relucientes esmeraldas que eran copia exacta de las de su madre y un deseo hecho realidad para su padre.

Angela pensaba que su pequeño hijo guardaba en el corazón la misma ternura de su padre, pues era silencioso, amoroso y tan considerado con los demás como él. Le fue más difícil estar fuera de sus brazos cuando era un bebé, a diferencia de su hermana que tenía una curiosidad febril que la llevaba a explorar todo en su entorno; también fue difícil acostumbrarlo a dormir en su propia cama en la habitación que compartía con su hermana, ella y su esposo tuvieron que turnarse para quedarse junto a él hasta que se durmiera. Sabía que sus familiares más lejanos y otros miembros de la institución criticaban el modo en el que criaban a Gabriele, que decían que lo mimaban demasiado o lo trataban con mucha delicadeza para ser un niño; pero no les importaba, su hijo merecía ser tratado con amor, al igual que su hija.

—¿Se han portado bien? —cuestionó dando un beso a la naricita de Allegra y uno a la mejilla de Gabriele. Sus bebés asintieron con sus grandes sonrisas.

—¡El abuelo hizo galetina! —exclamó su hija escapando de su lado y andando a saltitos hacia la cocina.

Gabriele levantó los brazos hacia su padre cuando este se puso de pie. Neilan no pudo evitar sonreír al ver que esa pequeña criaturita sólo llegaba a la altura de su muslo; era adorable. Su esposa los bañaba a besos cuando era golpeada por esa misma ternura. Amaba cargar a sus hijos, Gabriele le cumplía ese gusto en cada momento, no tanto como Allegra, que rebosaba energía y lo obligaba a correr tras ella.

—Gelatina, princesa —la corrigió con suavidad mientras alzaba a su hijo y lo cargaba fácilmente con uno de sus brazos.

—Galetina —gritó Allegra.

Angela ● abogada de la Mafia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora