El regreso.

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La mordaza impedía que sus preguntas desesperadas fueran comprendidas por esas figuras sin nombre que lo secuestraron en su camino a casa. El saco de tela que le envolvía la cabeza era sofocante, y el cansancio que sufría luego de sus intentos de gritar y hablar lo empeoraba, le ardía el pecho al respirar.

Una mano fantasma arrancó la bolsa de su cabeza, el súbito impacto de la luz le hizo apretar los párpados. Mientras su vista era difusa, la misma mano bajó bruscamente la tela que tapaba su boca, lastimándolo. Estaba en un cuarto oscuro, atado de manos, torso y pies a una silla. Un foco de luz amarilla colgaba del techo; el olor a una mezcla amarga de tabaco abarrotaba el aire, volviéndolo tóxico; y en las paredes de madera oscura no habían ventanas, ni cuadros, nada. En esa habitación no existía pista de que era habitada por alguien; la silla frente a él era el único mobiliario al alcance de su mirada.

Tenía miedo y estaba muy desesperado.

—¡¿Dónde estoy?! ¡¿Qué quieren?! —gritó. La voz le rasgaba la garganta y en ella se asomaba el llanto—. ¡¿Qué quieren de mí?! ¡¿Dinero?! ¡Se los daré! ¡Les daré lo que me pidan! ¡Lo que sea!.

—Eso es lo que quería escuchar —pronunció una voz a sus espaldas.

Se calló, cerró la boca atento al sonido de las pisadas provenientes de ese espacio oscuro y desconocido tras él. Giró el cuello a ambos lados para ver la cara del que lo raptó, por la esquina del ojo vislumbró la figura alta de un hombre que vestía un traje negro sin corbata. La identidad de su captor se aclaró a medida este avanzaba despacio a su derecha, y con cada paso su terror y el presentimiento de la muerte aumentaban como si estuviera de pie frente a una ola inmensa.

Neilan Mancuso ocupó la silla vacía frente a él. Sí era él, el mismo, el hombre de la televisión, al que estaban procesando por más de cinco cargos penales. Pero allí, sentado en esa silla en el centro de esa habitación, parecía otro, el gemelo malvado de aquel empresario elegante que salía en las pantallas. Tenía el mismo rostro, uno con facciones angulosas y marcadas, y la misma barba perfectamente cortada; sin embargo su aire era oscuro, era siniestro y corrupto, y ese traje incompleto iba a juego con él.

—Sólo quiero una cosa de ti, Pedroso —le dijo—. Me la das y te largas, ¿entendido? —el funcionario asintió frenéticamente—. Bien. ¿Quién es el testigo?.

A Pedroso el alma se le cayó a los pies. Su vida dependía de una respuesta que no podría dar. Empezó a sollozar. Neilan ladeó el rostro notablemente confundido, era un poco temprano para llorar aún, usualmente tardaban más.

—No-o, no lo sé. De verdad no lo sé.

—No lo sabes —repitió mirando a sus dos primos de pie tras el político que lloriqueaba en la silla. Santino no se mostraba tan convencido. Stefano movió la mano mientras gesticulaba un "cincuenta cincuenta".

—No, no.

—Entonces, ¿por qué te involucraste? ¿De qué les servías?.

—Quería más que el parlamento —sollozó Pedroso—. Castellano nos estorba a muchos, hasta a sus propios aliados. Tedesco me ofreció un puesto como ministro si lo ayudaba a destruir al principal contribuyente de Castellano.

—Mi familia —afirmó, y el parlamentario asintió entre lágrimas—. ¿Qué te pidió hacer?.

—Que le prestara una de mis propiedades, una casa de campo lejos de la capital.

—¿Te dijo para qué?

Pedroso sacudió la cabeza repetidamente.

—No exactamente, sólo que necesitaba guardar algo importante... creo que se refería al testigo.

Angela ● abogada de la Mafia.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora