Susurros de deseo

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En una tranquila tarde de domingo, el sol entraba por la ventana, proyectando cálidos rayos dorados sobre el suelo de la sala

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En una tranquila tarde de domingo, el sol entraba por la ventana, proyectando cálidos rayos dorados sobre el suelo de la sala. El suave zumbido de los pájaros distantes creaba un tranquilo telón de fondo mientras Francesco yacía en el suelo, con la espalda apoyada contra las frías baldosas. La respiración era pausada, su pecho subía y bajaba tranquilamente, cerró los ojos, no pensaba darle más importancia a lo que pasaba en el exterior.

El cerebro humano tiene una intensa activación de su corteza occipital, junto con la corteza parietal, trabajando a la par del lóbulo frontal y al precúneo cuando en un descuido se deja seducir por las fantasías más vivaces de aquellos soñadores.

El hombre deseaba fervientemente que el mundo que lo rodeaba se desvaneciera, se relajó tanto que su mente empezó a flotar hacia un reino donde las fantasías florecían como flores silvestres en primavera.

Francesco, con sus ojos desiguales rodeados de sombras oscuras, el cabello alborotado, y ese aire misterioso por naturaleza. Siempre había sido del tipo que observa la vida en lugar de participar en ella, encontrando la belleza en los detalles más pequeños. Su personalidad resultaba chocante al socializar con las personas comunes que caminaban por las calles, le molestaba tener que hablar con personas mundanas, el asco que sentía al solo verlos a los ojos, viendo el reflejo de todos los pecados, con una simple mirada podía descifrar tantos secretos de la humanidad. Se caracterizaba por ser estricto, callado, no emitía más que las palabras necesarias, últimamente rara vez sonríe, lo hacía más al estar cerca de sus hijos, desde que era niño ha mantenido la cabeza fija en todas las situaciones que dependían de él. No estaba acostumbrado a mostrar bondad, ni mucho menos compasión, sea un criminal, niño o anciano que lo fastidiaba, él quebraba los huesos una por uno, mientras recitaba las razones de porque aborrecía a todo el mundo. Su humor era bastante oscuro, bromeaba con sus propios traumas, se recordaba a sí mismo el trastorno que desarrolló, no necesitaba a alguien que lo odiara, porque él era su propio crítico.

Por otro lado, su esposa Elena no era así, siempre era efervescente, exudaba calidez y confianza. Su risa podía llenar cualquier habitación, su espíritu era similar a una suave brisa, animando a Francesco a explorar nuevos horizontes.

Su amor era un tapiz tejido con momentos de ternura, risas y, en ocasiones, lo mundano. Francesco, un asesino cruel, el rey de cualquier reino, a menudo se encontraba perdido en sus pensamientos, su mente se burlaba de él jugando a crear fantasías que se jactaban de ser reales, comenzó a vagar hacia las profundidades de su imaginación. Uno donde Elena, con su sonrisa radiante y su espíritu aventurero, era el ancla de su corazón.

Mientras yacía en el suelo, Francesco dejó volar su imaginación. En su mente, Elena se transformó en una visión atractiva; su cabello rubio caía en cascada como seda por su delicada espalda baja, sus ojos verdes brillaban con picardía. Se la imaginó con un vestido fluido que se ceñía a su curvilíneo cuerpo, la tela susurrando contra su piel iluminada por el sol, recordaba ese viaje a la playa al que fueron solos, las olas golpeando suavemente la orilla eran tan reales que le traían calma a su alma torcida. El aire estaba cargado con el olor a sal y piel bañada por el sol, encendiendo un fuego dentro de él.

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