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La vida y Dios se establecen como realidades que se condicen no abstracta sino históricamente. Ambas realidades acontecen y así son. Este dinámico condecirse de Dios y la vida no excluye la muerte como realidad que esencialmente atañe al hombre, sino que lo confronta con el sentido de su radical finitud, su inmanencia, a la vez, cuestiona el significado que se haga de la infinitud y trascendencia de Dios. Ahora bien, la afirmación de fe en el Dios de Jesucristo no parece ser incompatible con afirmar un morir de Dios, sin que, al superar el esquema de una divinidad inmutablemente apática y ajena al destino de muerte que aflige al hombre, más bien resuelve la contradicción entre vida y muerte en tanto postula una identificación de Dios con un hombre muerto, Jesús de Nazareth, a quien proclama resucitado.
Dios, que vive, nos llama a la vida eterna. De un extremo a otro de la Biblia un sentido profundo de la vida en todas sus formas y un sentido muy puro de Dios nos revelan en la vida, que el hombre persigue con una esperanza infatigable, un don sagrado en el que Dios hace brillar su misterio y su generosidad.
Pero... ¿Qué es vivir?
Nadie sabe con exactitud lo que significa en realidad vivir, hasta que se enfrenta a la muerte. Hablar de la vida no se resuelve en todo caso con el mero postulado de un enfoque metafísico e histórico a la vez, sino que apela a un requerimiento todavía más comprometedor y desafiante que muchas veces como humanos nos negamos a ver. Nos obliga a hablar de la muerte más allá del silencio resignado ante la misma, más allá de esforzarse por constatarla tan lógica como impávidamente como mera negación contradictoria de la vida.
Hablar de la vida con sentido no solo requiere haber pensado en cómo hemos vivido hasta ahora o que hemos hecho desde que nacimos, sino también el significado de la muerte en referencia a la unidad de la diferencia que la sostiene positivamente como término contradictorio, ambas van juntas de la mano, fieles amigas, riéndose de las anécdotas más ocurrentes, crueles en cada carcajada que dan al viento, quien es su fiel confidente. Imposible que la vida se separe de la muerte ¿Parece un chiste no?
No estamos aludiendo sólo a una abstracta coincidencia lógica o matemática entre términos contradictorios. A juicio de Luhmann lo que le da sentido al sistema religioso es un esquema que se articula en base a "la diferencia de inmanencia y trascendencia". Ahora bien, me parece que esta diferencia remite a una diferenciación entre vida y muerte que a nivel de la experiencia personal es antecedente.
La registra con elocuencia Franz Rosenzweig, en el primer párrafo de "La estrella de la redención", citando mis palabras favoritas: "Por la muerte, por el miedo a la muerte empieza el conocimiento del Todo. De derribar la angustia de lo terrenal, de quitarle su aguijón venenoso y su aliento de pestilencia al Hades, se jacta la filosofía. Todo lo mortal vive en la angustia de la muerte; cada nuevo nacimiento aumenta en una las razones de la angustia, porque aumenta lo mortal. Pare sin cesar el seno de la infatigable Tierra y todos sus partos son puestos a la merced de la muerte: todos aguardan con temor y temblor el día de su viaje a lo oscuro... Por más que el hombre se defienda de los tiros al corazón de la muerte ciegamente inexorable escondiéndose como gusano en los repliegues de la tierra desnuda percibe a la fuerza y sin remedio lo que de otro modo nunca percibe: que su Yo de morir, solo sería un Ello, y grite él entonces su yo, con todos los gritos que aún contiene su garganta, a la cara de lo Inexorable que le amenaza con ese exterminio inconcebible, en semejante trance sonríe la filosofía su vacía sonrisa y con el índice señala a la criatura (cuyos miembros entrechocan de angustia por el más acá) hacia un más allá del que ella nada quiere oír. Pues el hombre no quiere escapar de no sé qué cadenas: quiere quedarse, permanecer, quiere vivir".