Detrás del teléfono

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Lo más hermoso de los suicidas

es que pueden dedicarle su vida a alguien.

A veces se pregunta cómo pudo irse así, sin aviso, sin despedida. Se pasa la mano por la nuca, nervioso, como si pudiera borrar la pregunta con los dedos.

—Te lo preguntaría si pudiera.

Esta en sus brazos, y no hay nada que pueda hacer para evitar decirla:

—Te amo.

No quiere hacerlo. Pero no quiso hacerla llorar mas. Porque la sonrisa que le dio, incluso cuando tenia ganas de morir, le destruye mientras oscurece. 

Porque la esperaron.

—Yo te esperaba...

Aprieta los puños y siente cómo le tiemblan los dedos, como si sus manos nunca hubieran aprendido a estar quietas. La necesitaba más de lo que se imaginaba. No entiende qué tenía ese mundo que la atrapó tanto como para dejarlos solos. Nunca supo lo que es depender de un bote de pastillas, pero sí sabe lo que se siente mirar cómo alguien a quien quiere se apaga poco a poco, mientras él no puede hacer nada.

Se frota los ojos, pero no llora. Hace tiempo que no puede. Aunque hay olores, canciones, momentos que todavía le levan directo a ella. Y duele.

Porque son recuerdos que no eligió, heridas que no pidió.

—Decías que estabas orgullosa de mí, pero ¿de qué sirve si nunca estuviste?— un escalofrío le recorre la espalda.

Por que le duele recordar eso y no verla. Porque cada promesa terminaba en una excusa. Cada "voy a volver" terminaba en silencio.

Pero cuando dijo su último adiós, murió un poco por dentro. Se durmió llorando en la cama toda la noche, solo.

—Sin ti a mi lado.

Llegó aquel día. Y el entierro fue rápido y emotivo. Trataron de llevarle para no gritar en su funeral, pero se negó e intentó comportarse.

—Es lo que hubieses querido que hiciese. 

Pero realmente esta mierda le está destruyendo. Su hermano estaba a su lado, asistieron todos los compañeros de trabajo de su padre. Les escuchó haciendo un par de bromas.

—Acaso esto os parece gracioso, ¿EH?

Parecía que había otra vida. Otra en la que ella existía y era la de las risas. También asistieron algunos vecinos. No se enteró de nada, llevaba días sin hacerlo. Lloró por primera vez en años, entendió que la sangre sabía muy poco de sentimientos y vivencias. Y siguió dándole vueltas a aquello cuando llegó a casa. 

Le preparó una tila a su padre antes de que se quedase dormido en el sofá. Y vuelve a su cuarto a preguntarse las mismas preguntas de siempre. Se pregunta si alguna vez pensó en ellos antes de elegir lo que eligió. Si alguna vez tuvo ganas reales de quedarse. Y sí, lo sabe... no es tan fácil como decir "no", pero a veces se enfada igual. Porque ahí están ellos: creciendo sin ella, aprendiendo a vivir con un vacío que no se llena con nada.

Aunque podría hacerlo con su foto... pero no la mira mucho.

—No quiero fotos de mi madre.

Levanta la vista y traga saliva, como si esas palabras le quemaran la garganta. Porque quiere algo real. Quiere momentos que no tuvieron. Y por eso nunca va a entender cómo se puede extrañar algo que en realidad nunca existió.

𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚Donde viven las historias. Descúbrelo ahora