A la ausencia que me enseñó a escribir
lo que el corazón aprendió a sanar.
Siempre me ha parecido humillante arrastrarse por alguien que ya no quiere nada contigo y, aun así, aquí estoy: tirada en esta cama, doliéndote, llorándote.
Despierto y siento que las sábanas me ahogan. Me asfixian. El cuerpo pesa, el cansancio se instala en cada músculo y respiro por pura inercia. Con el corazón en la mano, sigo esperando el día en que nuestras voces vuelvan a cruzarse. Aunque sé que es solo una mentira que me repito para sobrevivir. Como los recuerdos que invento cada noche: escenas en las que tú apareces sin saber que existes en ellas, sin tener la menor idea del papel que interpretas en mis alucinaciones.
Todo empezó un viernes por la noche. Un viernes gris, pesado, sofocante. Un viernes que me dejó amanecer hoy sin ganas de existir.
Es como vivir atrapada en un bucle de días lluviosos y nublados donde me ahogo y no encuentro salida. Como si mi corazón se hubiera quedado en pausa, esperando que el reloj vuelva a avanzar. Como si quisiera que la vida fuera más lenta para no sentir que todo sigue moviéndose mientras yo me quedo detenida.
Antes de ese viernes pasó un día sin que notara nada. Luego otro. Al tercero entendí que no ibas a contestar.
Y al cuarto... me rompí.
Caí contra un suelo negro y húmedo. Inmóvil. Olvidada por ti. Lloré y lloré, pero no me escuchaste lo suficiente como para consolarme, ni para secar las lágrimas que se acumulaban en mi rostro con el intento desesperado de reanimarme.
Y aún así, sigo preguntándome cómo se puede generar tanta dependencia hacia alguien.
Días sin dormir. Noches de llanto. Cansancio acumulado. Ganas de gritar y de rendirme al mismo tiempo.
Me daban escalofríos verte conectado sabiendo que no era por mí. Ver que subías cosas sin saber para quién eran. Qué desgracia.
Nunca bebí tanto café como la noche en que entendí que no me volverías a hablar. Nunca me desintegré tanto por alguien como lo estoy haciendo ahora, en cada palabra que te dedico.
Nunca creí que podría amar a alguien más que a mí misma. Y, sin embargo, nunca me había sentido tan muerta en vida como hoy.
Estos meses se han sentido como aquella escena de Bella frente a la ventana, esperando a Edward con una mezcla de anhelo y desesperación. Como si Eyes on Fire sonara de fondo, amplificando cada latido de su corazón. El tiempo se estiraba y cada día se convertía en una eternidad mientras la distancia parecía una conspiración del universo para mantenerlos separados.
Yo también me quedé en ese limbo. Entre la esperanza y la incertidumbre.
Pero las luces de casa están encendidas y yo sigo en una esquina, rodeada de paredes frías. Tan blancas como tu piel... y tan asfixiantes como el aire que respiro.
No sé cuánto tiempo llevo aquí. Solo sé que duele estar sentada y que dolerá también levantarme.
Los latidos de mi corazón se debilitan. El brillo de mis ojos se apaga. Y siento que la batalla que llevo dentro podría terminar en cualquier momento.
Cierro los ojos. Sentada. Abrazando mis piernas.
La luz del sol me invita a seguir esperándote. Y es justo ahí cuando la guerra vuelve a empezar.
Resumiendo: estoy jodida... y, extrañamente, radiante. Quizá más lo primero que lo segundo.
Supongo que todo será una anécdota algún día.
ESTÁS LEYENDO
𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
AléatoireSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
