Un instante de terciopelo
susurra incluso si la voluntad es inútil.
Un instante de terciopelo atraviesa la habitación. Se desliza suave, casi imperceptible, como si quisiera decir algo sin atreverse a pronunciarlo en voz alta. Susurra incluso cuando la voluntad ya no sirve para nada, cuando el deseo ha aprendido a vivir en silencio y la esperanza se ha convertido en una costumbre dolorosa.
A veces cierro los ojos y lo imagino todo.
—Déjame respirar —dice en voz baja—, déjame respirar mamá. Quiero nacer de ti. Dentro de ti. Un solo fin: un cuerpo pequeño creciendo en la oscuridad tibia de tu vientre, un feto bello, hermoso, doloroso... existencial.
Lo imagino con tanta claridad que casi puedo sentirlo. Como si hubiera una presencia diminuta esperando en algún lugar del tiempo, aguardando el momento de convertirse en vida.
—Siempre quise ser madre.
Lo supe antes incluso de entender qué significaba realmente esa palabra. Cuando era niña y jugaba con muñecas, cuando observaba a otras mujeres cargar a sus hijos en brazos, cuando escuchaba el llanto de un bebé en el transporte público y en lugar de molestia sentía una especie de ternura inexplicable.
—Siempre pensé que algún día sería mi turno.
Que algún día sentiría ese pequeño latido dentro de mí. Ese corazón nuevo que aprende a existir mientras el mío lo acompaña.
Me imaginaba caminando por la casa con un vientre redondo, tocándolo suavemente, hablando con alguien que todavía no conocía pero que ya amaba. Me imaginaba noches sin dormir, juguetes tirados por el suelo, pequeñas manos aferrándose a las mías. Me imaginaba enseñándole palabras, mostrándole el mundo, viéndolo crecer poco a poco.
—Siempre quise ser madre.
Pero hay frases que cambian la forma del mundo.
—Señora... usted es estéril.
Lo dijo con una voz tranquila, profesional, casi mecánica. Como si fuera una frase que había repetido muchas veces. Como si fuera una información más dentro de un expediente médico.
Pero para mí no fue una frase. Fue un abismo.
Durante unos segundos no entendí lo que había dicho. Las palabras parecían flotar en el aire sin encontrar un lugar donde posarse. Estéril. La palabra giraba dentro de mi cabeza como algo extraño, algo que no me pertenecía.
El médico seguía hablando. Explicaba cosas, mencionaba probabilidades, tratamientos, estadísticas. Pero su voz se volvió lejana, distante, como si viniera desde otro lugar. Solo una frase permanecía clara.
—Usted es estéril.
Sentí que algo dentro de mí se rompía con un sonido que nadie más podía escuchar.
¿Puedes ofrecerme algo más que pañuelos?, quise preguntarle. ¿Alguna palabra que repare lo que acabas de romper?
Pero no dije nada. Solo asentí, como si hubiera entendido todo.
Salí de aquella consulta caminando despacio, como si el suelo hubiera cambiado de textura. Como si cada paso requiriera un esfuerzo nuevo. El mundo seguía exactamente igual. La gente caminaba por la calle, los coches pasaban, alguien reía al otro lado de la acera. Nada parecía haber cambiado.
Excepto yo. Regresé a casa con una sensación extraña en el pecho, como si el aire pesara más de lo normal. Entré en la sala y allí estaba el piano. El piano siempre había sido mi refugio. Un lugar donde podía esconder mis pensamientos dentro de las notas, donde las emociones encontraban una forma distinta de existir. El piano estaba esperando mi voz. Me senté frente a él y apoyé las manos sobre las teclas. Pero no salió ninguna música.
ESTÁS LEYENDO
𝐃𝐞𝐬𝐠𝐚𝐫𝐫𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐀𝐥𝐦𝐚
RandomSoy escritora, no satisfecha con los sentimientos reales; ansiosa, me impongo a imaginarlos. Recuerdo todo a la perfección: mi corazón no tiene piedad. No puedo dormir, solo derramo sangre sobre el papel. No sé si eso me hace buena o mala persona. N...
