Capítulo 1. Mentiras.

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La noche cae sobre el tranquilo Templo del Norte. Los jóvenes estudiantes, futuros sacerdotes, están sentados en filas ordenadas, cada uno sosteniendo un misal. No son más de diez y sus rostros apenas se iluminan con las suaves luces de las velas dispuestas a lo largo del recinto.

En el centro del templo, se erige la majestuosa escultura del Dios. La estatua, del tamaño de tres hombres adultos superpuestos, parece cobrar vida bajo la calidez de las llamas.

El rostro de Elysiam es atractivo e inocente; su largo cabello blanco parece ondear suavemente en el aire. Una belleza etérea, celestial, que contrasta con el ambiente cargado de secretos y deseos ocultos de aquellos que profesan castidad y altruismo.

Linxz entra en la sala oratoria con los Caballeros del Sur. Su presencia interrumpe el dulce cántico de una niña. Las botas blancas crujen con cada paso y el mago entra con una extensa sonrisa. Sus ojos centellean de satisfacción frente a la incertidumbre de aquellos que realizan las oraciones nocturnas hacia ese Dios.

Esa misma madrugada, luego de que la santa huyera, el General del Sur ordenó la detención de los traidores del Templo del Norte.

Entre los bancos de los futuros sacerdotes y el altar, se encuentran mujeres de diferentes edades. Ocho damas, con ojos reflejando auroras boreales, están presentes. Tres jóvenes más están en el playón ritual junto al Sumo Sacerdote y dos ancianos. Ellas, que oscilan entre los nueve y veintiún años, ocultan hematomas bajo las finas telas de gasa blanca.

—Córranse —dice Linxz con una mueca desagradable, fijando la mirada en ellas—. Estorban.

Las mujeres se levantan y se ponen en fila a un lado. El mago avanza con una postura arrogante, disfrutando de la incomodidad que genera entre los presentes.

Un sacerdote se le acerca con evidente enojo.

—¿Qué está sucediendo? ¡Cómo sé...!

—Sssssssssh. —Lo interrumpe con una mirada siniestra—. No debería levantarme la voz de esa forma.

—P-pero, ¿cómo osa presentarse así en este templo?

—Es cierto, este es un templo, aquí está Dios y también los traidores.

El sacerdote, que tiene la cabeza calva, siente cómo le sudan las manos. Abre los ojos tan grandes que parecen caerse. El resto de los presentes se levantan sorprendidos. No pueden creer lo que escuchan.

—¡Esto es absurdo! —grita uno.

—¡Jamás traicionaríamos al Imperio! —afirma otro.

El resto de las voces se superponen, ya no se comprende lo que dicen. Linxz ladea la cabeza hacia atrás y los observa. Eleva el índice y con un hilo de maná golpea a cada uno en la garganta para que se callen.

—Demasiado ruidosos.

Hace un gesto para que el capitán de los caballeros se acerque.

—Sacerdotes del Templo del Norte, en nombre del Emperador, están bajo arresto por alta traición —declara el hombre de armadura brillante.

—¡No hemos cometido ningún crimen!

—Hay pruebas concluyentes de que conspiraron contra la vida del Emperador. Por orden del regente, deben acompañarnos de inmediato.

—¡Esto es un error! ¡Somos inocentes!

Mientras gritan y resisten, los jóvenes que se agarraban con dolor la garganta se acercan.

Linxz deja atrás esa escena aburrida y se dirige hacia el playón ritual.

Al llegar ahí, abre la puerta. Encontrándose con los tres oráculos en trance.

La santa debe morir// En Corrección Donde viven las historias. Descúbrelo ahora