Cuando mi madre murió me obsesioné con la idea de que todos a mi alrededor también lo harían. Tuve que asistir a muchas consultas con mi sicóloga para entender que eso no era del todo cierto o al menos no con la misma rapidez. Ahora, después de superar mi trauma, el miedo estaba de vuelta. Nunca me incomodó la idea de morir, lo que me daba pánico era la idea de que las personas que quería lo iban a hacer. Odiaba el cáncer, odiaba los hospitales y sobre todo odiaba que las personas buenas enfermaran. Lo peor del cáncer es que además de matarte deja un regalo para tus futuras generaciones. Mi bisabuela había fallecido a causa de cáncer, luego mi madre y ahora llegaba el turno de nosotros. Maikel, Miguel, el futuro bebé hijo de Maikel o yo, uno de nosotros tenía grandes posibilidades de heredarlo también. Lo sé, es una mierda pensar en esas cosas, pero con lo de Amber la ansiedad de investigar tipos de cáncer había regresado.
—Maicol, maldita sea, deja de leer esa mierda —escuché el regaño que me daba Maikel—. No vas a cambiar nada torturándote de ese modo.
Pasó por mi lado y abrió las cortinas de mi habitación. La luz me cegó por completo y demoré unos segundos en acostumbrarme.
—¡Mikel, sal de aquí! —espeté de mal humor. A mala hora se me había ocurrido contarle lo de Amber.
—No lo haré, das pena. Apestas, ¿desde cuándo no te bañas?
Lo ignoré y centré mi atención en un artículo que hablaba del cáncer de mama.
—Te veo y no te conozco —siguió hablando—. ¿Ya hablaste con ella? Mira, no se me da bien esto de ser el hermano mayor que da consejos, pero lo voy a intentar. ¿Te has puesto a pensar en las cosas que hubiéramos hecho con mamá de haber sabido que la íbamos a perder tan pronto? Con Amber sabes que está enferma y que va a morir, pero todos lo vamos a hacer en algún momento, ¿no? Lo que cambia en esta historia es que puedes hacerla feliz, en plan romántico, tu eres mejor en esas cosas que yo. No importa si es un mes, dos, tres o diez días si son amargos y tristes. En cambio si esos días son inolvidables merece la pena vivir cada uno de ellos.
Pestañeé pasmado. Sus palabras, su punto de vista cambiaba todo lo que había pensado hasta ese entonces.
—Oye, se te da bien esto de ser hermano mayor —afirmé—. Tienes razón, tengo que lograr que Amber tenga el mejor final posible.
—Bueno, no te acostumbres, solo ensayaba para cuando le de consejos a mi hija Laura.
—El nombre de mamá. ¿Va a ser niña? —pregunté ilusionado.
—Calla, quiero que sea niña, no aguanto un chico más en esta familia. No le digas a Linda.
Fingí cerrar una cremallera en mi boca y chocamos los puños. También quería que fuera niña.
En cuanto a lo otro sabía que tenía razón, pero no era fácil saber que la persona que amas tiene una enfermedad como el cáncer. Puede que para otra persona que no haya tenido esa cercanía con esa enfermedad fuera menos traumático, pero para mí era muy difícil. Si yo estaba mal me imaginaba como estaba ella. Cuantas cosas estarían pasando por su cabeza en ese momento. Ahora entendía por qué se drogaba, por qué la encontré aquel día bajo la ducha en aquel estado, lo que reflejaban sus ojos era miedo, terror de pasar por lo mismo que su padre.
Al darle muchas vueltas al tema decidí ir a la casa de Leandro. Supuse que él lo sabía todo. En definitiva eran amigos desde hacía mucho tiempo.
Estar de nuevo en aquel lugar me trasladó a ese día que me invitó a la fiesta y apareció Amber. Ahora que lo pensaba sabiendo que todo era un plan para acercarme a ella me sentía raro estando de nuevo en aquel lugar. La casa me pareció más grande aún que el primer día que fui. Leandro estaba en su habitación. Una señora que parecía empleada me indicó donde era. Al parecer el chico recibía muchas visitas porque la mujer no me preguntó quien era, solo me dejó pasar.
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El taller de los imperfectos
RomanceMaicol es un bicho raro, un invisible, un marginado, como lo quieran llamar, pero su realidad cambia cuando a su mesa llega una chica rara con nombre de cantante, desde ese momento su vida da un giro de 180 grados y se ve en situaciones que jamás im...
