Amber:
Hay dos grandes realidades en la vida. Una es que todos vamos a morir en algún momento y la otra que podemos ser un arma capaz de destruir a alguien o la mano que se tiende en los peores momentos. Yo era la primera, era un detonante que corría con la suerte de cargar una cuenta regresiva a cuestas. Iba a morir en cualquier momento y en lugar de alejar a todos para dejar menos victimas me encontraba frente a la casa de Maicol. No entendía mis acciones, quería dar media vuelta y regresar a casa. Pero en lugar de eso toqué la puerta. Por mucho tiempo había espiado desde lejos aquel lugar. Era una de esas chicas acosadoras, en ese momento me percataba de ello.
El que abrió la puerta fue Miguel. Vestía un uniforme de beisbol y en su mano llevaba un Bate. Los cabellos rojizos le salían desparramados por debajo de la gorra y sus ojos claros se iluminaron al verme.
-Maic, tu cita está aquí. -Gritó enseguida.
Maic apareció con una sonrisa extendida en su rostro. Sus ojos color café brillaban más de lo habitual y eso me dio tranquilidad, él quería que estuviera allí, yo también lo quería, eso era lo único que importaba. En parte me encontraba en aquel lugar porque por mucho tiempo lo había deseado y en lugar de hacerlo me ocultaba posponiendo como siempre lo que deseaba. Era el momento de hacer lo que quería, esa podía ser mi última oportunidad y no la iba a desperdiciar encerrada en casa compadeciéndome de mí misma. Peor era una muerte súbita, de esas que no te dan tiempo a hacer nada. A mí me estaban dando una oportunidad para hacer las cosas bien antes de partir.
-Oye, ya te dije que no será una cita. -masculló el aludido tirando de él para adentro.
-Creía que era una cita. Al parecer me informaron mal. -elevé las cejas haciéndome la sorprendida y mi corazón casi estalló de ternura al ver como el pelinegro se ponía colorado. Esto era algo muy frecuente en él. Me agradaba que fuera así, tan tierno y varonil a la vez. Como dos dosis exactas de los mejores ingredientes en un solo chico. Maic era diferente, era algo que saltaba a la vista y eso me agradaba de él. Lo distinto no siempre es malo.
-Esto, sí es una cita -aclaró él-. No quería que el cotilla de mi hermano lo supiera.
-Oye, te estoy escuchando. -Dijo el chico.
-Maikel, ¿puedes hacer el favor de llevarte a Miguel de una vez?
El chico de complexión esbelta y musculatura prominente me saludó con un gesto y arrastró al pequeño fuera de casa.
-Pasa, ponte cómoda. -dijo Maicol apartándose de la puerta para dejarme entrar.
Hice lo que me pedía. La casa de los Benet era muy bonita, un poco desordenada, pero a la vez acogedora. Se notaba que vivía gente en aquel lugar. Me dieron ganas de vivir en un lugar como aquel, donde el calor a hogar era más que evidente.
-¿Quieres algo de beber?
-Una botella de vino me vendría bien -El chico se quedó a medio camino y me miró sorprendido-. Es broma. Tengo sed, con un vaso de agua estaré bien.
Su sonrisa se extendió por su rostro y se fue a la cocina. Aproveché para sacar una pastilla, el camino a su casa me había provocado fatiga. Necesitaba despejar la mente pero no del todo. Era la primera vez que estaríamos solos en un lugar y no lo quería arruinar con drogas. Observé el frasco de pastillas por unos segundos más. De pronto apareció Maic por la puerta y cuando los intenté guardar a toda velocidad en mi bolsillo se me escaparon de las manos y terminaron frente a sus pies.
-Eso es...
-Para el dolor de cabeza -me apresuré a contestar-. Ayer no fue un buen día.
No supe si me creyó o no, esperé que sí. Simplemente se agachó, las tomó sin mirarlas y me las dio. Aquel era un voto de confianza. Sabía lo de las drogas, me había visto en casa, pero me estaba dando la oportunidad de que fuera yo la que se lo contara.
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El taller de los imperfectos
RomantikMaicol es un bicho raro, un invisible, un marginado, como lo quieran llamar, pero su realidad cambia cuando a su mesa llega una chica rara con nombre de cantante, desde ese momento su vida da un giro de 180 grados y se ve en situaciones que jamás im...
