Estar deprimido es una de las peores cosas que le pueden suceder a alguien. Estás rodeado de personas, ante los ojos de los demás no te sucede nada, pero al cerrar la puerta la tristeza y la soledad están ahí y no dejas de pensar en el sentido de tu vida, en las cosas que aún no logras y en los pasos que te faltan por dar. Sabía cómo se sentía Miguel porque lo había vivido, porque a pesar de que mi familia estaba conmigo me sentía solo en el mundo. Por eso convoqué una reunión familiar. Por primera vez en mucho tiempo iban a venir los abuelos a casa.
—No entiendo qué piensas hacer. —dijo mi padre caminando de un lado a otro.
—Yo espero que esto no sea una broma…
Miré a Maikel con mala cara y guardó silencio. Estaba igual de nervioso que ellos. Había pasado mucho tiempo desde la última ocasión que habíamos recibido a los abuelos en casa. Miguel era el único que estaba tranquilo sentado en un sillón. Sus mejillas aún estaban coloradas del paseo que acabábamos de dar. Era sábado y al llegar decidí que lo mejor era tomar cartas en el asunto antes de que fuera demasiado tarde.
El timbre tocó y todos los presentes enfocamos nuestra atención hacia la misma dirección. Ninguno se movió del lugar. Miguel nos miró, miró la puerta y al final se puso de pie poniendo los ojos en blanco.
—Mi niño —la anciana de canas innumerables y gafas enormes entró después de apretar al chico entre sus brazos. Lo mismo hizo el anciano que la acompañaba.
—Tomen asiento. —murmuró mi padre señalando el sofá no con muy buena cara.
Los dos caminaron y se sentaron uno al lado del otro mirando todo a su alrededor con curiosidad. Se me hizo raro verlos allí como si nada hubiera pasado. Como si mi madre aún viviera y ellos no se hubieran aprovechado del peor momento en nuestras vidas para quitarnos a Miguel.
La abuela fue la primera en hablar —Si esto es por lo de la custodia sepan que…
—Es por eso mismo —la interrumpí—. Estuve pensando y creo que lo mejor es que lleguemos a un acuerdo.
—No entiendo —dijo el anciano con un tono seco—. Ganamos, niño, no sé de qué quieren hablar ahora.
—No es justo que un juez que no nos conoce de nada decida algo que nosotros mismos pudimos resolver.
—Es lo que siempre he dicho. —me apoyó mi hermano.
—¿Y cuál sería el acuerdo? —masculló mi abuela fulminándonos con la mirada.
La miré, luego a mi padre y por último a Miguel antes de decir lo que había ideado.
—Que Miguel decida con quien se quiere quedar. Nunca le hemos preguntado su opinión.
—Pero si es un niño. ¿Qué sabe sobre lo que es bueno o no para él? —gruñó la anciana tan rápido como pudo.
—A ver, tampoco así —intervino nuestro progenitor—.Él es muy inteligente para su edad. Sus maestros siempre me lo han dicho.
—Creía que no conocías a sus maestros. Digo, porque soy yo la que día a día lo lleva a clases.
Mi padre la miró con odio y supe que tenía que intervenir.
—Esto —me aclaré la garganta—. No empiecen, por favor. Miguel, ve a tu habitación. Tengo que tener una charla de adultos.
—Pero si tú no eres adulto. —refunfuñó el niño.
—Que vayas a tu habitación, ahora. ¿No quieres que esto se resuelva? —grité y todos se asombraron. En cuanto el chico desapareció en las escaleras los enfoqué a todos con mi mejor mirada de acusación.
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El taller de los imperfectos
RomanceMaicol es un bicho raro, un invisible, un marginado, como lo quieran llamar, pero su realidad cambia cuando a su mesa llega una chica rara con nombre de cantante, desde ese momento su vida da un giro de 180 grados y se ve en situaciones que jamás im...
