Los días seguían iguales, soleados y resplandecientes pero para mí estaban tan nublados como mi alma. Me encontraba frente a la casa de Amber y estaba tan nervioso como el primer día que había estado parado frente a su puerta. No era justo que continuara alejado de ella. Tenía que enfrentarla tarde o temprano. Por eso estaba allí. El plan de hacer sus últimos días inolvidables empezaba en ese preciso momento. Debía ser fuerte y actuar como si no supiera nada.
Por fin se abrió la puerta y salió ella tan resplandeciente como siempre. Sonrió en cuanto sus ojos chocaron con los míos y se me encogió el corazón. Cómo iba a vivir sin contemplar esa sonrisa.
—¿Está todo bien? —preguntó con el ceño fruncido.
—Eso me pregunto yo. Ya sabes, no hemos hablado desde el día en el hospital.
—Ya estoy bien —dijo—. Vamos, llegaremos tarde.
Y tomó mi mano y a diferencia de lo que había sucedido las otras veces estaba a punto de llorar, de derrumbarme como lo había hecho cuando mi madre murió y me di cuenta de que no tenía el control de nada. En ese momento mientras corríamos hacia su auto me di cuenta de lo importante que eran los pequeños momentos. Podíamos haber tenido una vida entera, pero de no ser por los pequeños momentos nada hubiera merecido la pena. En el camino no paró de hablar y la escuché y observé cada detalle de su rostro. Guardé cada palabra que decía, la forma en la que se rascaba la punta de la nariz y como repiqueteaba los dedos en el volante cuando llegaba a un semáforo. Quería quedarme ahí con ella, en ese auto para siempre. Quería que la carretera se volviera interminable pero para desgracia mía habíamos llegado.
Hay cosas que solo se saben en esos momentos cuando nos quedamos pensando en el por qué de todo. Por eso lo siguiente que dije en cuanto su auto se detuvo fue.
—Amber, ¿quieres ir al baile de graduación conmigo?
—Faltan dos meses aún para eso.
—¿Y qué?, quiero creer que para ese entonces vamos a estar igual de bien que ahora.
Desvió la mirada y observó la multitud apilada frente al teatro.
—Oye llevas todo el camino sin decir nada y ahora sales con esto.
—No decía nada porque prefiero escucharte. Tu voz me trae calma. En cuanto a lo del baile te lo quería pedir desde el primer día que te vi.
No dijo nada y supe por qué contestar le costaba tanto. Le costaba pensar en un futuro. Tenía miedo de no llegar a ese día. En cambio yo me aferraba con todas mis fuerzas a un futuro a su lado. Amber se había convertido en mi obsesión por mucho tiempo. Por ella había llevado a cabo el plan de escalar la pirámide social estudiantil, por ella había sido capaz de dejar a un lado mis principios para ser visto con buenos ojos. No era momento de rendirme, menos ahora que por fin había captado su atención. Desde un principio les dije que esta historia no iba a ser un drama romántico, si de mí dependía iba a hacer todo lo que estaba en mis manos para que no lo fuera.
Nos bajamos del auto en cuanto vimos a Leandro en frente del teatro. Parecía nervioso. Iba vestido de traje y corbata. Parecía más bien un ejecutivo de esos que salen en la tv que un adolescente común y corriente.
—¿Por qué tardaron tanto? —murmuró el chico con nerviosismo—. Ya casi es mi turno.
—Tampoco es tan tarde. —replicó Amber.
—¿Nos reservaste nuestros asientos, verdad? —Le pregunté.
—En primera fila.
—Bueno —dije con una sonrisa reprimida—. Que empiece el espectáculo.
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El taller de los imperfectos
RomantiekMaicol es un bicho raro, un invisible, un marginado, como lo quieran llamar, pero su realidad cambia cuando a su mesa llega una chica rara con nombre de cantante, desde ese momento su vida da un giro de 180 grados y se ve en situaciones que jamás im...
