Alex
Miro el reloj una vez más y la ilusión se abre paso dentro de mí poco a poco. Si Sam aún no ha bajado, significa que por fin le han asignado alguna tarea y está dejándose la piel en ella. Decido ponerla un mensaje tranquilizador, puedo esperar todo el tiempo del mundo si eso significa que empieza a sentirse realizada en el trabajo, pero antes de enviarlo, la puerta de las oficinas se abre dejándome ver su bonita sonrisa. El interior me da esa sacudida de felicidad a la que estoy acostumbrado. Llega hasta mí para cogerme de la mano y tirar de ella.
―Corre, corre, tenemos que irnos ―dice acelerada abriendo la puerta del copiloto.
―¿Ha pasado algo?
No contesta a mi pregunta, así que la respuesta es una afirmación en toda regla. Ay, madre mía. Arranco el motor y nos incorporamos a la carretera en un abrir y cerrar los ojos.
―¿Qué has hecho, Sammy?
Aprieta los labios con fuerza. Me sé de memoria cada una de sus reacciones. Nos hemos visto en tantas tesituras durante el último año que puedo descifrarla a la perfección.
―No sé por qué lo preguntas.
Suelto una carcajada. Ah, la famosa técnica de hacerse la loca.
―Samantha Hughes, te estás tocando el pelo de una manera muy obsesiva. Eso es sinónimo de haberla liado.
Se encoge en el asiento para poner su carita de perro abandonado.
―Solo un poquito. ―Junta su dedo índice y pulgar hasta que queda un diminuto espacio entre ellos―. Es que me tienen harta, Alex. De verdad que no puedo quedarme más tiempo de brazos cruzados.
Ahí está mi fierecilla. Adoro su carácter, os lo prometo. Única, atrevida y leal. Pero también es lo que más temo de ella porque su lealtad no va únicamente hacia las personas, también hacia el mundo, las situaciones que ponen en peligro a la gente y hay veces que los caminos son de no retorno.
―He cogido el artículo de Lindsay, lo he corregido y se lo he dejado a Marlene encima de la mesa de su despacho. Si no me quieren escuchar, lo respeto, pero yo haré que mi opinión llegue a través de otros medios.
Su confesión me deja totalmente sin palabras y ella aprovecha para continuar con su discurso.
―Quiero tener la misma oportunidad que mis compañeras de formar parte del equipo. Sirvo para mucho más que para hacer fotocopias e ir a reclamar a los de maquetación los números que me los dan antes que al resto porque hablo demasiado.
Sacudo la cabeza analizando sus últimas palabras.
―Espera, rebobina. ¿Cómo es eso de que te mandan a reclamar?
Giro a la derecha en la siguiente calle y aparco en el primer sitio que encuentro para ir a nuestra cafetería de siempre. Sam no me responde hasta que entramos, pedimos lo de siempre y nos sentamos en la mesa de la esquina.
―¿Sam? ―La miro con ojos interrogantes.
Ella traga saliva con fuerza como hace siempre antes de hablar de algo que la incómoda.
―En el departamento me dicen que hablo mucho, a veces demasiado y que eso ayuda a que la gente nos dé las cosas que les pedimos en cuanto me ven aparecer para no tener que escucharme.
Sus palabras me parten el alma y me dan ganas de ir a sus malditas oficinas para hacerles ver todo el potencial que están perdiendo por no dejar a Sam ayudar.
―Sammy...por favor, dime que no te crees sus palabras ―estiro la mano por encima de la mesa para agarrar la suya.
Ella duda, aunque niegue con la cabeza restándole importancia a todo esto.
ESTÁS LEYENDO
Seremos Eternos
RomanceSamantha Hughes desde pequeña ha tenido muy clara su vocación, el periodismo. Su familia nunca se lo ha puesto fácil y tras enfrentarse a ellos, se aventura en una nueva vida con el peso de su pasado sobre sus hombros. Alexander Cooper tuvo una inf...
