9. El nuevo Alex

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Sam

Hay situaciones que cambian a las personas y dejan salir a la luz un ser completamente diferente al que estás acostumbrado a ver. Los miedos nos cambian, nos hacen ser más vulnerables. Giro mi cabeza y veo a Alex caer por un abismo. La seguridad que tanto le caracteriza ha desaparecido dejando al aire a un chico nuevo para mí. Tiene la respiración descontrolada como si lo único que existiera en este momento fuera esa chica, Laia.

Alex es la certeza de que voy a estar bien, de que con él a mi lado la vida es menos cruel. Alex es la luz que sigo, el aire que necesito. Sé que la persona que está ahora mismo detrás del volante no es él, no es mi Alex y noto cómo me clavan un puñal en el corazón. ¿De verdad he estado tan concentrada en mí misma que no he sido capaz de verlo antes? Nada es perfecto y la vida de él dista mucho de lo idílico.

―Ahí está ―susurra antes de frenar de golpe junto a un coche mal aparcado.

No se molesta en quitar las llaves del contacto, sale corriendo al encuentra de ella. Laia. La chica que ha estado en mi cabeza durante las últimas horas. Me siento completamente idiota cuando veo cómo abraza a Alex con ansias. Sus brazos ni si quiera llegan a rodearle los hombros al completo. Es una niña y probablemente sea su hermana pequeña.

«Joder, esta vez sí que te has pasado, Samantha».

Trago saliva con fuerza al ver que se acercan al coche. La niña sube al asiento trasero, deja un lienzo a los pies y se abrocha el cinturón.

―¡Hola! Soy Laia, ¿tú eres Samantha?

Su voz aguda me hace mirar hacia atrás. Su melena le llega a la altura de los hombros con un flequillo que le cubre un poco los ojos y una sonrisa preciosa, igual que la de su hermano.

―Sí, soy Sam. ¿Qué tal la clase de pintura?

Señalo el lienzo mientras Alex pone rumbo a otro lugar que desconozco. Quiero desviar la atención todo lo posible de lo que acaba de pasar. Estamos con su hermana y ya no debe preocuparse por nada más.

―Muy aburrida, seguimos pintando flores. Hoy la profesora me ha dejado dibujar otra cosa.

―¿Puedo verlo? ―pregunto realmente intrigada por la imaginación de una niña.

Ella asiente sonriendo y le da la vuelta al lienzo. Lo que veo me deja completamente sin respiración. Los colores, las formas, los matices de los detalles. Madre mía. No entiendo mucho de arte, por no decir casi nada, pero puedo asegurar que lo que tengo delante es una maravilla.

―¿Cuántos años tienes?

―¡Diez!

Las piernas ni si quiera le llegan al suelo, aún le faltan unos centímetros y las balancea feliz.

―Tienes mucho talento, Laia. Ese paisaje es...impresionante.

Un gruñido me saca del asombro y miro a Alex que se ha vuelto más serio de lo que ya estaba. Frunzo el ceño intentando descifrarlo, pero recuerdo que no conozco nada esta faceta suya.

―¿Ese no es el coche de la policía en nuestro garaje?

Laia se incorpora para estirar su brazo entre nosotros y señalar en dirección a una casa. Ahora sí que me tenso hasta yo.

―Quédate con Laia, por favor ―me pide Alex antes de apagar el motor.

Asiento sin rechistar. Corre hasta llegar al porche y nosotras nos quedamos mirando la escena desde el interior del coche.

―Estoy segura de que Matt la ha liado otra vez ―dice la pequeña sin preocuparse.

―¿Quién es Matt?

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