Sam
Había perdido el control de las últimas semanas. Cuando pensaba que tenía una ligera idea de a qué nos estábamos enfrentando, algo me hacía cambiar de opinión desajustando mis teorías como si de un castillo de naipes se tratara. Era tan frágil que la mínima brisa de aire lo hacía caer. Así me siento ahora mismo. Yo soy ese castillo de naipes, tan frágil, tan endeble y al mismo tiempo con ganas de volver a levantarse, de retar a la propia gravedad. Pero en este momento soy incapaz de procesar nada más.
Cada vez estoy más convencida de que han jugado conmigo, de que mi propósito solo ha servido como una herramienta para algo mucho más grande. Alex es el primero en lanzar una pregunta.
—¿Qué haces aquí, Tim?
—Podría preguntaros lo mismo —responde seco, sin dirigirnos la mirada—. Creo que sois muy inteligentes para saber que aquí no.
Bastan esas palabras para comprenderlo. Estamos en territorio enemigo. Miro alrededor buscando las cámaras que se encuentran en las esquinas del techo sin quitarnos ojo de encima.
—El desayuno merece la pena.
Es lo último que añade antes de darle un sorbo a su café. Alex es incapaz de quitarle la mirada de encima como si no terminara de creerse que está bien, a tan solo unos centímetros de distancia. Yo bajo la mirada al plato y se me revuelve el estómago. Lo único que quiero son respuestas. Volver a hablar con mi hermano, que me explique sin tapujos lo que está pasando. Tim termina el desayuno, coloca todo en su bandeja y antes de levantarse, nos dirige la mirada a ambos. Contengo la respiración, sus pupilas están dilatadas y ligeramente afiladas como las de un felino. Baja la voz al mínimo sonriendo mientras habla:
—A las doce hay tiempo libre, nos reuniremos en la biblioteca. Tened cuidado.
Se marcha sin darnos tiempo a reaccionar. Alex se levanta para colocarse a mi lado dando la espalda al resto del comedor. Empezamos a desayunar en silencio, cada uno con sus propios pensamientos. Yo intentando buscar una solución a todo esto, esperando al momento en que mi padre nos encuentre. Y Alex...joder, no tengo ni idea de en qué puede estar pensando. ¿En sus hermanos? ¿En su familia? ¿En la prueba para la NLL que a lo mejor no puede hacer? Tantas veces le he recriminado que luchara por sus sueños y ahora soy yo la persona que se los arrebata.
—He encontrado algo que te va a encantar.
Alzo la mirada a Alex que está de pie junto a mí. Ni si quiera me había dado cuenta de que se había levantado. Una de sus manos está detrás de su espalda escondiendo algo.
—Sorpréndeme, Copper.
Vuelve a sentarse, esta vez más cerca de mí, pasa una mano por mi respaldo y la otra sigue oculta tras su espalda.
—Tendrás que ganártelo —suena despreocupado, incluso divertido y sé lo que está haciendo porque es lo mismo que he hecho yo esa mañana.
Bromear. Hacer de esto un juego que vamos a ganar. No concebimos otro final. No tenemos más opciones y aunque continúe tenso, le sigo la corriente.
—¿Y cómo voy a hacerlo? —Giro mi costado para pegarme más a él. Me acerco a su boca y deposito un pequeño beso en sus labios—. ¿Así?
—No me tientes, rubia, que estamos en público. Con una sonrisa de las tuyas me conformo, las echo de menos —acaricia la comisura de mis labios con cariño.
El corazón se me encoge y la sonrisa me sale sola, espontánea, se escapa de mí para iluminar el rostro de Alex.
—Dios, me acabas de hacer el hombre más feliz —responde antes de darme un beso.
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Seremos Eternos
RomanceSamantha Hughes desde pequeña ha tenido muy clara su vocación, el periodismo. Su familia nunca se lo ha puesto fácil y tras enfrentarse a ellos, se aventura en una nueva vida con el peso de su pasado sobre sus hombros. Alexander Cooper tuvo una inf...
