14. Solo tienes que mirar

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Alex

Las palabras me abrasan. Los recuerdos llaman a las puertas de mi interior con fiereza, mordiéndome, amenazando con acabar conmigo.

Siempre pienso lo que digo, pero ver cómo tu pareja se lanza al vacío sin cuerda y sin un amarre a tierra, te hace decir cualquier cosa con tal de que cambie de opinión.

—Y si tú me quisieras a mí, no me darías más responsabilidades de las que ya tengo.

Si quería que entrara en razón, he conseguido todo lo contrario. Debería haberlo sabido. Sam es una persona que tiene las ideas claras y nadie, ni si quiera su gente, va a hacer que cambie de opinión.

—Así que eso es lo que soy para ti, una responsabilidad. Muy bien, no tienes que preocuparte más. Te libero, Alexander. Espero que hoy puedas dormir mejor con una responsabilidad menos.

No tengo tiempo de reaccionar, ni si quiera de impedirla que se vaya. Está en todo su derecho, me he comportado como un gilipollas. ¿Pero qué queríais que hiciera? Joder, no quiero pensar en volver a perderla. Siempre está esa posibilidad porque es demasiado buena. Se sacrificará si con ello logra que alguien vuelva a recuperar su libertad. La vida de Sam está por debajo de todas las demás y no se da cuenta de que si ella se arriesga, si ella pierde, nadie volverá a luchar igual.

Ella es como si fuera la cura de la crueldad. No. Lo es. Liberó a decenas de mujeres hace un año a cambio de su alma. Me dice que está bien, que las pesadillas han pasado, pero no la creo. Su alma ha quedado infectada por todos aquellos corruptos que se manchaban las manos. Si vuelve a adentrarse en los entresijos de un caso, no creo que vuelva a recuperar a mi Sam.

—¿Estás bien, Alex?

Giro mi cabeza y veo a Ethan junto a Emma en la puerta.

—Sí, me voy a casa chicos, ha sido un día muy largo.

No doy más explicaciones. El viaje de vuelta se me hace eterno. Me debato entre volver a buscar a Sam, pedirle perdón y hablar las cosas con calma; o volver a casa, descansar y pensar en cómo arreglar este desastre. Elijo la segunda opción. En cuanto entro a casa, me dejo caer en el sofá. Mi padre está preparando la cena, Olivia habla por teléfono en el porche, Laia juega en la alfombra mientras ve la televisión y Matt lee un libro sobre lacrosse.

—¿De dónde lo has sacado? —pregunto dándole un suave codazo—. Sabes que te puedo contar todo lo que quieras.

—Pero quiero verlo, nunca me dejas acompañarte a los partidos. Aquí explican con fotografías las jugadas. ¿Sabes dónde es más popular? —niego con la cabeza y él rueda los ojos como si la respuesta fuera obvia—. En Maryland. Se convirtió en deporte oficial en el año 2004.

Observo a mi hermano pequeño detenidamente. Se muere de ganas por ver un partido de verdad, por verme a mí y yo no dejo de privarle de eso por miedo. Siempre pienso en las cosas que podrían salir mal, pero jamás recapacito sobre lo bueno. Haría a mi hermano el niño más feliz del mundo con tan solo llevarlo una vez.

Sam tiene razón. Quien algo quiere, algo le cuesta. En la vida no te regalan nada, haces sacrificios, esfuerzos e incluso malabares para conseguir tu sueño. Eso es exactamente lo que está haciendo ella y yo le he echado en cara que sus actos recaerían sobre mí. ¿Estoy siendo un egoísta?

—¿Qué te pasa? No vienes contento como otras veces.

Esa es Laia que a veces me lee mejor que a un libro abierto.

—No es nada, renacuaja. Hemos tenido mucho trabajo.

—Papá también. No nos deja entrar en la cocina como otras veces y jugar a algún juego de mesa. Ha venido hablando por teléfono con alguien muy enfadado.

Seremos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora