16. Reencuentros y entrevistas

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Alex

—¡Es hoy!

El grito de Laia retumba por toda la casa sobresaltándome. Aún no ha sonado el despertador así que giro la cabeza y confirmo que son las seis y media de la mañana. Demasiado pronto para empezar con tanta energía, esta niña recarga las pilas más rápido que la gran mayoría de la población.

—¡Alex, levanta! ¡Vamos a llegar tarde!

—¿Puedes dejar de gritar, por favor? —Olivia sale al pasillo persiguiendo a Laia para que se calle.

Y a pesar de todo, sonrío porque no podemos ser más desastres y a la vez querernos tanto. Laia podría estar chillando la mayor parte del día, Olivia estaría quejándose y Matt se alejaría todo lo posible de ellas, y aun así, ninguno de los tres lo cambiaríamos por nada.

Varios golpecitos resuenan en la madera de mi puerta para, después, abrirse lentamente. Elevo ligeramente la cabeza y veo a Matt ya vestido, con la raya del pelo a un lado y su pequeño balón sensorial en una de sus manos. Al parecer Laia y él llevan mucho más tiempo despiertos del que pensaba.

—Buenos días, campeón, ¿ocurre algo?

Sigue mirándome sin darme ninguna señal que pueda interpretar. Aparto las sábanas a un lado dejándole espacio para que se meta en la cama conmigo. Cierra la puerta, avanza despacio y cuando está al borde del colchón, me mira. Sus ojos desprenden una inseguridad que me hiela, me estremece. Ojalá pudiera sufrirla yo y no él. Esa es la parte que peor llevo de todo esto, dejar que él lidie con todo sin yo poder hacer nada.

—¿Soy una mala persona si no me alegro tanto como Laia por ir a la feria esta tarde?

En el barrio suelen hacer una feria de otoño con puestos de comida, algunas atracciones para los más pequeños, actividades y música. Lo organizan varios vecinos de la zona con carácter benéfico.

—¿Qué? Por supuesto que no, Matt. Ven, siéntate aquí conmigo —doy varios golpecitos en la cama. Se sube de un salto y lo sitúo encima de mis piernas quedando cara a cara—. Cada persona siente las cosas de una manera diferente. A ti te gusta mucho el lacrosse y Laia no se emociona tanto, ¿verdad? —asiente con el ceño fruncido siguiendo mi razonamiento—. ¿Y tú crees que eso la hace ser mala persona?

—No.

—¿Entonces por qué piensas que tú lo eres si no compartes la misma emoción que ella?

—Porque vamos a hacer algo en familia todos juntos y solo lo hacemos en los cumpleaños o los festivos que celebra todo el mundo. No quiero estropear estos momentos por ser como soy.

Trago saliva con fuerza aguantándome la rabia, la desolación que me produce escuchar las palabras de un crío de diez años cuya mayor preocupación tendría que ser hacer los deberes y pasarse toda la tarde jugando.

—Matthew Copper, eres un niño extraordinario que cualquier persona quisiera tener como hermano y como hijo, ¿vale? Cada persona tiene gustos diferentes y no todos sentimos las emociones igual. Todas las formas son válidas. Podemos hacer más cosas en familia que nos gusten a todos. A ver, vamos a pensar —me llevo una mano a la barbilla exagerando el gesto para sacarle una sonrisa.

—¿Podemos cenar pizza?

—¡Claro! ¿Te parece si las hacemos caseras y las comemos en la parte trasera del jardín?

—¡Sí!

Un poco de entusiasmo se cuela en su rostro alejando toda la preocupación.

Seremos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora