37. Corredor del Laberinto

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Alex

Vuelvo a sentirme pesado, como si cada movimiento que hiciera me costara el doble que de costumbre. Solo me he sentido así una vez, cuando tuve una gripe que me dejó en cama casi una semana y fueron los siete días más largos de mi vida. Intento abrir mis ojos mientras estiro los brazos por encima del cuerpo. Estoy entumecido.

Al moverme, noto algo junto a mi costado. Algo que me agarra con fuerza. ¿Qué está pasando? Parpadeo varias veces hasta que la vista se enfoca y mi cuerpo da una sacudida. Lo primero que distingo son sus mechones de pelo rubio. Sus manos rodean mi cintura con fuerza, está tensa, su pecho sube y baja con dificultad como si aun estando dormida tuviera miedo. Estiro mi brazo por encima de sus hombros temblando. Tengo miedo a que esto sea un sueño, a que en cuanto la roce, se desvanezca y me quede solo de nuevo.

Pero no ocurre. A medida que mis dedos se adaptan a la forma de su hombro y a la calidez de su cuerpo, todo se hace más real. Levanto la vista ligeramente para ver la habitación al otro lado de la cristalera vacía.

Nos han dejado estar juntos. Mis dedos viajan hasta su mejilla para acariciarla con suavidad. Parece que hace una eternidad que no la siento. Hemos estado juntos, hemos tenido discusiones y problemas las últimas semanas, pero aun así, estando piel con piel, siento que falta algo.

Tiene su cabeza apoyada en mi pecho, así que me muevo hacia abajo para quedar a la misma altura y poder observarla detenidamente. Sus manos siguen aferradas a mí con fuerza. Recorro su perfil, paseo uno de mis dedos por sus labios fruncidos y beso su frente.

—Estoy aquí, rubia. Todo estará bien.

Menos mal que no está despierta, que no me mira con esos ojos que leen a través de mí porque no sería capaz de asegurarle que saldremos de aquí, pero si tengo que jurarle cientos de cosas que son mentiras, ahora mismo lo haré con tal de que descanse unos minutos.

Masajeo su pelo dejando que su cuerpo se relaje y mi respiración se calme. Vuelvo a sentir el cansancio apoderándose de mí. Tengo que resistir, mantenerme despierto, pero los ojos se cierran casi de forma automática, lentamente. No sirve de nada que luche contra ello, ni que me aferre a Sam con fuerza, la oscuridad se apodera de mí.

***

Un suave cosquilleo me despierta. La luz me ciega en cuanto intento abrir los ojos y trato de acostumbrarme lo más rápido posible a ella. Tengo que comprobar algo. Los últimos recuerdos se difuminan sin saber distinguir si fueron reales o imaginaciones mías, pero sus ojos me encuentran primero para demostrarme que es real.

—Buenos días, Copper.

Se me encoge el estómago. Me parece que han pasado décadas desde la última vez que escuché su voz. Alzo una mano para acunar su mejilla. Me mira desde arriba con una sonrisa que no le llega a los labios. Es un intento de aparentar que todo está bien. Así que decido seguirle el juego.

—No sabía que esto era el cielo —bromeo apartándole un mechón de pelo.

—Puedo hacerte un tour por aquí arriba. He conseguido la suite matrimonial, para que veas lo bien que te cuido.

—Prefiero quedarme aquí todo el día observando a este ángel.

—El sueño te ha debido de afectar.

—Eso es imposible, el día en que deje de verte tan preciosa, habré perdido la cabeza.

Nos quedamos mirándonos mientras lo decimos todo sin palabras. Lo mucho que nos hemos echado de menos. Las disculpas que nos debemos y todos los besos que nos hemos dejado perdidos en el tintero. Maldita sea, la noto demasiado lejos. Me incorporo de la cama para abrazarla.

Seremos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora