25. Busca la felicidad

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Alex

No salgo del coche en cuanto llego a casa. Me quedo ahí dentro esperando a despertarme de este sueño, a que el dolor de mis costillas no sea más que una alucinación y Sam y yo volvamos a ser nosotros. Sin diferencias. Sin tensión. Puedo revivir toda nuestra historia para descubrir cuál ha sido el punto de inflexión, qué nos ha hecho cambiar tanto y tan rápido, pero eso solo sería una pérdida de tiempo. ¿Sabéis por qué? Porque no cambiaría ni un maldito segundo que he pasado a su lado.

Nunca pensé que el corazón pudiera doler tanto, que el nudo en el pecho amenazara con estallar y llevarme por delante. Respiro con fuerza tratando de coger más aire del que entra en mis pulmones. No sirve de nada.

—¿Alex?

La voz de Olivia me llega amortiguada a través del cristal. Me sobresalto antes de abrir la puerta del coche.

—¿Qué haces aquí fuera? Es más de medianoche.

Cruza los brazos sobre su pecho y me mira alzando las cejas.

—Podría hacerte la misma pregunta. Deberías estar con Sam.

Su nombre me provoca otra sacudida más.

—¿Habéis discutido?

—Déjalo, Oli. Será mejor que entremos en casa.

Me doy la vuelta, cierro el coche y camino hasta el porche. Ella me sigue muy de cerca hasta que se sitúa frente a mí y me impide continuar.

—Te lo ha contado, ¿verdad? No te puedes enfadar con ella por eso, fue mi culpa y trató de protegerme.

—¿De qué estás hablando? ¿Qué me tenía que contar?

—La fiesta de hace varias semanas, donde hubo una pelea dentro del bar —baja la mirada evitando ver mi reacción—. Estaba allí, fui con unas amigas y...

—¿Cómo que estabas allí? —El enfado empieza a teñir mi dolor convirtiéndose en ira, en algo que no puedo controlar. Me siento desbordado, quería controlarlo todo, protegerlos y he hecho todo lo contrario—. ¿Se puede saber en qué pensabas? ¡Eres menor! Podrías haberte metido en un buen lío. Un momento...¿Sam lo sabía?

Me mintió. Aquella noche cuando le pregunté por qué estaba fuera, me dijo que estaba preocupada por mí.

—Sí, nos vio a mí y a mis amigas, pidió un Uber para que nos llevara a casa y la avisé de que habíamos llegado bien. No puedes enfadarte con ella, Alex, por favor, le prometí que no lo volvería a hacer si no te lo contaba. Fue mi culpa.

Me dejo caer sobre los escalones del porche escondiendo la cabeza entre mis manos. Está a punto de explotarme.

—Eso da igual, Oli. Sam y yo lo hemos dejado.

Mi hermana deja escapar una exhalación antes de sentarse junto a mí y por primera vez en meses, me abraza. Pasa un brazo por mi hombro atrayéndome a ella. Acaricia mi pelo con una de sus manos y yo empiezo a temblar. Las lágrimas salen solas, una a una y me cortan como cuchillos.

—Lo podéis arreglar, estoy segura. Os he visto y entre vosotros hay mucho más que una simple relación.

No hablo. Soy incapaz de formar ninguna palabra. La he perdido. Su sonrisa y sus ganas de comerse el mundo. Quiere volar sin miedo a caer, joder, y a mí me encantaría ver cómo brilla tan alto, pero el golpe puede ser tan duro que no podría soportar perder a alguien otra vez.

—Yo la quiero, ¿sabes? Y ella a mí, pero somos incompatibles.

Me separo de ella y limpio el rastro de mis lágrimas. Giro al cabeza y veo sus ojos brillar. Ella niega con la cabeza antes de hablar.

—No creo que esto sea incompatibilidad, te conozco. Quieres salvar a todo el mundo, pero no puedes igual que ninguno de nosotros pudo salvar a mamá —susurra con la voz rota—. Sam no quiere ser salvada, ella quiere salvar a los demás.

—Quiere hacerlo a costa de sí misma y yo no puedo ver cómo se destruye.

—Porque te da miedo la pérdida como a todo el mundo, Alex. Pero es que sin miedo las cosas no se hacen, te quedas estancado, no arriesgas y cuando te quieres dar cuenta...ya ha pasado una vida entera.

«Te conformas». La voz de Sam se cuela en mi interior iniciando una nueva tormenta. Sí, lo reconozco y lo hago por un motivo muy simple: mi familia.

—Yo quiero que a vosotros no os falte de nada, Oli. Necesito veros felices.

Mi hermana apoya sus manos en mis mejillas para girarme la cara.

—Mírame, yo soy feliz. Laia y Matt son los niños más risueños del barrio y papá también lo es porque nos tiene a nosotros. ¿Y tú, Alex? ¿Tú eres feliz?

No contesto a la pregunta. La respuesta es muy clara y darme cuenta de ello es un golpe de realidad. En el fondo de mi ser había algo que no estaba de acuerdo en mi forma de hacer las cosas, pero lo escondía en lo más profundo para evitar esto. Caer. Derrumbarme y empezar a preguntarme qué es lo que de verdad quiero.

—¿Cuándo te has hecho tan mayor, renacuaja?

—Siempre seguiré siendo un incordio, que lo sepas —bromea para sacarme una sonrisa y yo le sigo el juego.

—No me he olvidado de que estás aquí cuando deberías estar en tu habitación. Mañana te toca fregar.

Arruga el entrecejo y me saca la lengua antes de abrazarme. Nos quedamos un rato más en el porche mirando al cielo. Algunas estrellas brillan bañando la oscuridad de la noche y nos imaginamos en cuál de todas ellas estará mi madre mirándonos con una sonrisa en el rostro.

Esa noche sueño con Sam. Está atrapada, quiero salvarla, araño la puerta, intento tirarla abajo sin éxito. Lo único que puedo hacer es verla a través de una pequeña ventana. Ella también lucha, pelea por salir de ahí y al final lo consigue. Puede hacerlo. No necesita que la salven porque se puede salvar ella sola. Una voz me llama al otro lado del pasillo. Giro el cuerpo y veo a mi madre de pie, con los mellizos en el carro y a Olivia agarrada a una de sus piernas. Observo su sonrisa que se me había empezado a olvidar y la memorizo todo lo rápido que puedo antes de que se desvanezca, pero su voz resuena por todo el pasillo hasta llegar a mí.

«Busca la felicidad, cariño».

         

Half Hearted

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