Alex
Hace bastante tiempo que no me tan pongo nervioso por un partido de lacrosse, pero nunca había tenido a mi familia entera en las gradas en primera fila esperándome. Sam me ha enviado un mensaje diciéndome que están sentados junto a mi banquillo. Han llegado con tiempo suficiente de antelación para que Matt se adaptara al ambiente y a la gente que iba llenando los asientos poco a poco. Laia ha improvisado unos pompones junto a Olivia que se ha quedado en casa porque hoy es la fiesta de Britt. Matt lleva su álbum de cromos y una camiseta de los Mammoth, el equipo estatal de lacrosse, que le hemos regalado estas navidades. Sam, por supuesto, lleva puesta mi sudadera y mi padre una bufanda de la universidad.
—Eh, Copper, te necesitamos con los pies en la tierra —me susurra el entrenador pasando por mi lado y llamando la atención de mis compañeros.
—Muy bien, chicos. Tenemos que salir ahí a ganar. Nos estamos jugando el pase al campeonato de primavera. No quiero ni un error en la defensa, hemos repetido las jugadas decenas de veces.
Observo a todos uno por uno. Necesito ver cómo reaccionan antes de un partido. He entrado con ellos, pero no he jugado y siempre hay una gran diferencia. La presión de los espectadores, tener al equipo rival encima de ti, atacando, ir perdiendo o ganando, no estar de acuerdo con el árbitro...Todos son factores con los que no contamos en los entrenamientos, por eso me preocupa el comportamiento de algunos de ellos, en especial el de Tim.
El entrenador termina de hablar, nos da un par de minutos para terminar de equiparnos y sale del vestuario. Veo cómo dos amigos de Tim, Clarkson y Frank, se acercan a él nerviosos, mirando por encima de sus hombros y echándole la bronca por algo.
—Eh, chicos, ¿ocurre algo? —pregunto acercándome a ellos.
—Todo bien, Alex —responde Frank.
Jugó conmigo el año pasado, está estudiando diseño y es un chico de lo más tranquilo. Decido no indagar más en el tema, el tiempo apremia y tenemos que salir en breves al campo.
—Será mejor que vayamos saliendo —les digo mirando fijamente a Tim que asiente, pero no sale hasta que todos estamos en el pasillo. Caminamos mientras escuchamos los aplausos de la gente. Nunca me acostumbraré a los nervios previos a un partido.
Me sitúo en el centro del campo, apoyo el stick en el suelo y miro al jugador rival. Ninguno de los dos dice nada. Estamos expectantes, con los reflejos activados para hacernos con la posesión del balón y la adrenalina recorriendo el organismo. El árbitro da inicio al partido, deslizo el stick hacia delante y la pelota sale disparada hacia nuestro campo. Posesión conseguida.
Levanto mi brazo izquierdo marcando un tres. Esa es la jugada de ataque que hemos practicado durante la última semana. La línea de defensa se adelanta, atraigo la atención de los defensas rivales para que estén pendientes de mí y no de Tim que corre la banda e intercepta la pelota. Hace una finta al defensa, echar el stick hacia atrás y lanza con fuerza.
Los aficionados se levantan celebrando el tanto y recuperamos nuestras posiciones. El partido comienza a nuestro favor, pero en el segundo tiempo un fallo en la defensa nos hace perder la ventaja.
—¿Qué demonios te pasa? —Me acerco enfadado a Tim—. Sabes perfectamente cuál es tu posición, Tim. No la pierdas.
Hace caso omiso a mis palabras, continúa jugando como si no tuviera a otros nueve jugadores y recibe las consecuencias. Es cambiado por Williams, uno de los chicos más rápidos y con un gran potencial como delantero. Si hay algo que Tim debe tener claro en este deporte es el trabajo en equipo. Solo no llegas ni al medio del campo. En el descanso del segundo al tercer tiempo el entrenador se deja de tonterías y nos da las indicaciones que debemos seguir sí o sí. Sin margen de error.
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Seremos Eternos
RomanceSamantha Hughes desde pequeña ha tenido muy clara su vocación, el periodismo. Su familia nunca se lo ha puesto fácil y tras enfrentarse a ellos, se aventura en una nueva vida con el peso de su pasado sobre sus hombros. Alexander Cooper tuvo una inf...
