40. Vamos a estar bien

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Alex

Puedo respirar sin que el pecho me arda, sin que el cuerpo me convulsione y sienta que estoy a punto de perderlo todo. Eso fue lo único que pensé cuando tenía el cuerpo de Sam entre mis brazos y sabía que era yo quién temblaba. El miedo, la incertidumbre y la frustración de no saber qué estaba pasando me hicieron perder el conocimiento. O quizás fue la cantidad de mierda que nos estaban metiendo en nuestro sistema sin darnos cuenta.

No lo sé. No quiero pensar porque parece que ha mejorado. Ya no hace frío y mis dedos empiezan a despertarse. Puedo moverlos. Creo que lo más satisfactorio que hay es sentir que tienes el control sobre ti mismo. Cojo aire con fuerza llenando mis pulmones y dejándolo escapar despacio. Joder, sienta tan bien. Pero es hora de la verdad, tengo que abrir los ojos, enfrentarme a la realidad. Saber cómo está Sam, reencontrarme con mi familia, descubrir qué ha pasado con Tim y...

—¡Mira, papá! ¡Mueve los dedos!

Mi pecho da una sacudida al escuchar esa pequeña voz. No me lo pienso más, maldita sea, quiero verlos a todos. Abro los ojos pestañeando con rapidez, hay demasiada claridad.

—¡Y ahora los ojos! —grita Laia provocando mi primera sonrisa.

—Cariño, baja la voz, tiene que descansar —dice mi padre.

Siento unos dedos acariciar mi mano y bajo la mirada para encontrarme con mi hermana pequeña observándome con sus grandes ojos. Atenta a mí, sin perder detalle y con unas ligeras ojeras en su rostro.

—¿Alex? —pregunta con la voz entrecortada.

Mi cuerpo entero vibra y me siento la persona más afortunada del mundo. He llegado a pensar que no volvería a ver a mi familia, que no vería crecer a los mellizos y me perdería la graduación de Olivia. No quiero pensar ni por un segundo cómo lo han tenido que pasar ellos. Necesito ahorrarles más dolor y decido bromear un poco para relajar los hombros tensos de Laia. No ha dejado de mirarme en todo momento.

—Hola, renacuaja, ¿me has echado de menos?

—Te odio tanto —me regaña saltando directamente a la cama y rodeándome con sus brazos. A mi padre no le da tiempo a cogerla antes de que lo haga—. No vuelvas a hacernos algo así, ¿vale? ¡Nunca más!

Rompe a llorar sobre mi hombro y yo no puedo hacer otra cosa que abrazarla. Mis mejillas se empapan mientras respiro el aroma que desprende.

—Tranquila, Laia, no voy a volver a irme nunca más, te lo prometo.

Alzo la cabeza para ver a mi padre junto a la cama. A él también se le escapa alguna lágrima que contiene echando la cabeza hacia atrás. Estiro una de mis manos en su dirección y me la coge con fuerza.

—Lo siento, papá, lo siento muchísimo —susurro empezando a sollozar—. Mi intención nunca fue haceros daño.

—No ha sido tu culpa, hijo. Lo más importante ahora es que estás bien y estás de vuelta con nosotros.

Se acerca a la cama y acaricia una de mis manos. Yo no dejo de abrazar a Laia que sigue aferrada a mí como si fuera a desaparecer en algún momento. No puedo culparla porque yo habría hecho lo mismo. Miro a mi alrededor buscando algo que me ayude a identificar dónde estamos.

—¿Dónde estamos? ¿Qué fue lo que pasó? A penas recuerdo algo.

—Os encontraron a las afueras de la ciudad, en una antigua fábrica que habían rehabilitado como clínica. Cuando os sacaron de allí, os trajeron directamente al hospital de Denver, han pasado ocho horas desde que perdiste el conocimiento.

Seremos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora