31. Volveremos a encontrarnos

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Sam

El mundo podría pararse ahora mismo que a mí no me importaría en absoluto. ¿En qué punto estamos ahora? La tranquilidad que siento, el silencio de las voces en mi cabeza y la sensación de que todo está bien, me abruma. No quiero confiarme, que me lo arrebaten de las manos y perderlo.

—Te estoy escuchando pensar —susurra Alex en mi oído.

—Estás hecho un cotilla —bromeo girándome un poco para mirarlo a los ojos—. ¿Esto que estamos haciendo está bien?

Agarra un mechón de pelo y lo aparta de mi cara.

—Vas a tener que ser más específica, Sammy.

—Hemos decidido darnos un tiempo, ordenar nuestras prioridades antes de continuar con lo nuestro y estamos sentados en tu porche, tomando chocolate caliente y abrazados. Joder, se siente tan bien esto que me da miedo pensar cosas que no son.

Se queda dubitativo unos segundos antes de enderezarse sobre los cojines.

—No te voy a mentir. A mi me aterra pensar que esto —hace una señal entre nosotros— pueda acabarse en algún momento. Pero tenemos que ser sinceros con nosotros mismos. ¿Estamos preparados?

Esa es la pregunta que más duele por su respuesta. Porque ambos la sabemos y no queremos hacerla realidad. Luchamos con uñas y dientes contra la verdad. Si yo hubiera estado en su lugar, habría escuchado lo que Marvin tenía que ofrecer y, sin embargo, él decidió marcharse por su propia seguridad.

—No me hagas responder a eso, por favor —suplico.

Su respuesta llega en modo de abrazo. Uno que me llena por dentro, que acalla todos mis pensamientos y me hace relajarme. Dejo caer todo mi peso contra su pecho y cierro los ojos sintiendo el cansancio de los últimos días en cada músculo de mi cuerpo. Noto los dedos de Alex jugar con mi pelo a medida que mi respiración se va calmando.

Cuando los vuelvo a abrir siento que ha sido un pestañeo, pero está amaneciendo y los primeros rayos de sol nos calientan el rostro. Estamos tumbados sobre los cojines con una manta que nos cubre hasta la barbilla y los brazos de Alex rodeando mi cintura. Me giro con cuidado para contemplarlo. Tiene la boca ligeramente abierta, las líneas que enmarcan sus ojos están relajadas y me recuerda al Alex del que me enamoré.

Ese chico que debutaba en su primer partido y al que tuve que entrevistar. Lo hicimos por sorteo y a mí me tocó Walter, su compañero, pero conseguí cambiárselo a una compañera. Me resultaba mucho más interesante entrevistar a la futura estrella del equipo.

Ayer tuve tanto miedo de que se lesionara que conseguí comprenderlo. Saber la magnitud de sus sentimientos, de su miedo a no poder hacer nada por ayudar a su familia si se lesiona. Es algo normal que debo respetar y por eso siento que depende de mí que la relación funcione. Yo tengo miedo de que le pase algo a él, pero él debe sentir exactamente lo mismo que yo. Y eso nos lleva al punto donde estamos. Sufrimos por el bienestar del otro. ¿De verdad hay un lugar para los dos donde podamos ser nosotros mismos?

Alex se revuelve bajo la manta y estira uno de sus brazos por encima de su cabeza.

—Buenos días, rubia.

—Buenos días, Copper.

Me deshago de los pensamientos intrusivos para que no empañen este momento. Nos quedamos a centímetros de distancia mirándonos con intensidad, con un fuego interior que empieza a arder.

—Estás tan cerca, pero a la vez tan lejos —susurra.

No habla solo del espacio físico. Sus ojos titilan, dudan y yo siento que me dan una estocada por dentro.

Seremos EternosHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora