Mia
No puedo evitar notar cómo el Instituto Summit parece más ruidoso de lo normal. Los estudiantes cuchichean entre ellos, mirándome de reojo mientras camino hacia el laboratorio de biología. Escucho mi nombre y el de Alex repetidos como un eco en susurros y apuestas. ¿Cómo no? Hoy es el día en que volvemos a enfrentarnos. Otra competencia, otro espectáculo para el instituto.
Llegando al laboratorio, veo que Alex ya está allí, acomodado en su asiento con esa relajada expresión suya, como si la vida no le pidiera nada. Camino directo a la mesa y dejo mi carpeta caer con un golpe, mirando de reojo cómo sus ojos se alzan apenas, solo un segundo, para echarme una rápida mirada antes de volver a concentrarse en su proyecto.
—¿De verdad piensas que vas a ganarme, Hill? —le espeto, clavando los ojos en él, cada palabra empapada de un desafío que sé que entiende perfectamente.
Él sonríe. Por supuesto que sonríe. La misma sonrisa que parece decir "soy mejor que tú y ni siquiera necesito intentarlo". La misma sonrisa que me exaspera.
—Sí, ¿acaso tienes miedo de que no seas tan buena como yo? —responde sin mirarme, las palabras cayendo de sus labios como si fueran una obviedad.
Apenas puedo contener mi frustración. No sé qué es peor: que sea tan despreocupado o que sea lo suficientemente bueno como para respaldarlo. Porque sí, odio admitirlo, pero Alex Hill es tan bueno como yo, si no mejor en algunas cosas. Y el hecho de que no parezca tener que esforzarse me revuelve el estómago. Él es ese tipo de persona que puede pasar el fin de semana de fiesta y luego llegar el lunes como si dominara todas las materias del mundo.
Pero no le voy a dar el gusto de ver que me molesta. Respiro hondo y cruzo los brazos, mostrándome tan confiada como él.
—Claro que estoy preparada, mucho más de lo que tú podrías estarlo en toda tu vida —le digo, y cada palabra es un golpe que espero que sienta—. No soy como tú, que hace todo sin esfuerzo.
Él levanta la mirada un instante, y nuestras miradas se encuentran. Hay algo en sus ojos que me desafía, que parece disfrutar al verme así, intentando no perder la compostura.
—Funciona para mí, ¿no? —dice, y vuelve a mirar su proyecto, sin dejar de sonreír con esa arrogancia natural que tanto odio.
Me doy vuelta para organizar mis materiales, tratando de calmarme. Porque, sinceramente, ¿cómo alguien tan... despreocupado puede ser tan bueno? O, peor aún, ¿cómo es que siempre logra sacarme de mis casillas?
La semana transcurre entre miradas y silencios tensos, hasta que finalmente llega el día del torneo de matemáticas. He repasado cada fórmula, cada problema y cada posibilidad. Esta vez no pienso perder, no pienso dejar que Alex se lleve otra victoria a base de su "talento natural". No después de todo lo que me he esforzado.
Cuando estamos en el escenario, la expectación en la sala es palpable. Sé que algunos de nuestros compañeros están más interesados en vernos peleando que en el torneo mismo. Pero esta vez no les daré ese espectáculo, no me distraeré.
Me coloco en mi asiento y ajusto el micrófono. Mis ojos están clavados en la pizarra, y mi mente está lista para cualquier pregunta que puedan lanzarnos. Entonces escucho su voz, en ese susurro arrogante que siempre logra sacarme una sonrisa amarga.
—¿Lista para perder, Clair? —dice, inclinado hacia mí.
Le sostengo la mirada y le sonrío, con una frialdad que sé que le molesta.
—Oh, Hill, tú solo sigue soñando. Esta vez, te haré ver el trofeo desde el público —le respondo, dejándole claro que esta vez no hay espacio para errores de mi parte.
La competencia comienza, y cada pregunta es un ataque, una oportunidad para demostrar quién es el mejor. Mis respuestas son rápidas, precisas. Estoy concentrada, cada fibra de mi ser enfocada en ganar. Alex, en cambio, parece estar casi... cómodo. Como si responder preguntas matemáticas fuera su pasatiempo preferido.
Cuando llegamos a la ronda final, estamos empatados. Solo una pregunta más, y este infierno de competencia se acabará.
—La última pregunta es... —dice el moderador, y el silencio cae como una manta pesada sobre la sala.
Contengo la respiración y me inclino hacia adelante. Esta es la pregunta que lo decidirá todo. La respuesta ya está formándose en mi mente, pero entonces lo escucho.
—La respuesta es 42 —dice Alex, y sus palabras suenan con una calma que me exaspera.
El moderador anuncia el resultado, y es como si todo el esfuerzo, todo el estudio y toda mi preparación hubieran sido inútiles. Alex Hill ha ganado. Menudo imbécil. ¿Cómo pude fallar? ¿Acaso no estudié lo suficiente?
—¿Cómo lo haces? —pregunto, incapaz de contener mi incredulidad.
Él me sonríe, esa sonrisa despreocupada que tanto me irrita, y se encoge de hombros.
—Talento natural, Clair. No puedes competir contra eso.
Su respuesta me hace apretar los dientes. Me niego a perder. Y mientras salgo de la sala, algo en mi interior me promete que no dejaré que me gane la próxima vez.
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El fin de semana en Snow Trails es otra oportunidad para liberar la frustración. Me lanzo pendiente abajo con una determinación feroz. Cada giro, cada salto, lo hago con una precisión milimétrica. Estoy sola en la pista, pero sé que hay alguien más. Lo he visto antes, esa figura que siempre parece estar siguiéndome en la nieve. No sé quién es, pero tampoco me interesa.
Acelero, dispuesta a dejar atrás a mi sombra misteriosa, pero pronto siento su presencia cerca, demasiado cerca. Entonces, lo veo. Él me alcanza y, en un movimiento ágil, me adelanta. La rabia me quema el pecho mientras llego al final de la pista detrás de él.
Al detenernos, sale su arrogancia y su sonrisa es casi palpable, incluso sin conocer su rostro.
—Buen truco, pero te falta algo de estilo —dice, y su voz suena con un tono de burla que reconozco al instante.
—Sigue soñando. La próxima vez, ni siquiera podrás seguirme el ritmo —le digo, ajustándome las gafas y devolviéndole la mirada desafiante.
Nos miramos como enemigos en un campo de batalla, y aunque no sé su identidad, puedo sentir que esta rivalidad va mucho más allá.
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Dime que me odias
JugendliteraturMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
