Enojo

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Alex

El día siguiente fue una mierda.

Me desperté con la mandíbula apretada, el ceño fruncido y una sensación de ardor en el pecho que no desaparecía. No importaba cuántas veces pasara las manos por mi cara o intentara distraerme con cualquier otra cosa. Seguía ahí.

La imagen de Mia, su mirada desafiante, el sabor de su boca...

La manera en la que me empujó después.

Me pasé la lengua por los dientes con furia y me puse el saco de mala gana. Necesitaba aire.

Cuando entré a mi oficina, el humor no mejoró. Nolan estaba ahí, recostado en el sillón con su café en la mano y esa maldita sonrisa de quien ya sabía que algo andaba mal.

—Wow. Alguien amaneció con el pie izquierdo —soltó sin siquiera mirarme.

Ignoré su comentario y me dejé caer en el sillón de enfrente, frotándome las sienes.

—¿No tienes otra cosa que hacer?

—Nah —respondió despreocupado—. Prefiero quedarme aquí y ver cómo te retuerces de rabia.

Respiré hondo, conté hasta cinco y lo miré.

—No estoy retorciéndome de nada.

—Ah, no, claro que no —bebió un sorbo de su café y me miró con fingida inocencia—. Solo que traes cara de asesino y parece que si alguien te dice "buenos días", lo vas a estrangular.

Apreté la mandíbula. No tenía paciencia para esto.

—¿Qué quieres?

—Solo me intriga algo —dejó la taza sobre la mesa y se inclinó hacia mí con esa maldita sonrisa—. ¿Qué demonios te pasó anoche?

Lo miré en silencio. No pensaba responder.

—Oh, vamos —insistió—. Llegaste ayer con una cara de perro rabioso a recoger tus cosas y ahora parece que dormiste peor que un condenado en su última noche en la Tierra. Por Dios, ni que te hubieras topado con el mismo diablo.

Me pasé la mano por el cabello, exasperado.

—Vi...a Mia.

—Ajá...—Me dice intentando recordarla.

Exhalé lentamente, sintiendo de nuevo el peso del momento en mi pecho.

—Y... la besé. No me resistí.

Nolan parpadeó. Luego, sonrió con incredulidad.

—¡No jodas! ¿En serio?

Lo fulminé con la mirada.

—¿Tengo cara de estar jodiendo?

—Bueno, técnicamente sí, porque tienes cara de querer matar a alguien —se acomodó mejor en el sillón—. Espera, ¿Mia? ¿La chica que vino la otra vez cuando estábamos en la sala de reuniones? La que sacó un té y tú, como imbécil, terminaste tirándole los sobres de té encima.

Rodé los ojos.

—Sí.

Nolan soltó un silbido bajo.

—Tienes buena elección. Es bonita.

Me incliné hacia él en un movimiento brusco y lo miré con seriedad.

—Óyeme bien. No puedes decir nada de ella, ni alabarla, ni siquiera verla. ¿Me oyes?

Levantó las manos en son de paz, pero su sonrisa solo se ensanchó.

Dime que me odiasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora