Trabajo en quipo

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Mia

La tarde era tranquila y cálida, perfecta para trabajar... o al menos eso habría pensado si no tuviera a mi papá emocionado de más por la idea de que Alex viniera. Se lo mencioné anoche, solo para que no se sorprendiera, y resultó ser un gran error.

—Así que... ¿va a venir un chico? —me dijo con una sonrisita sospechosa, y levantó las cejas como si le hubiera dado la noticia del año—. ¿No será uno de esos chicos problemáticos, ¿verdad?

Rodé los ojos, sintiendo que mis mejillas empezaban a arder.

—Papá, es solo un compañero de clase. Ni siquiera me cae bien. No empieces —contesté, tratando de sonar seria, pero, honestamente, sabía que él no iba a parar ahí.

—Sí, claro, "compañero de clase" —repitió, usando sus famosos dedos de comillas y lanzándome una mirada de esas que dan ganas de desaparecer de la faz de la tierra—.

Lo odio, pensé. No puedo creer que tenga que pasar por esto por algo tan simple como un trabajo en equipo.

Cuando Alex llega y el timbre suena, la voz de mi papá atraviesa la casa como si se tratara de un desfile:

—¡Mia! ¡Creo que tu "amigo" ya llegó!  —grita, con un tono casi burlón que me hace querer meterme en el suelo.

Bajo, abro la puerta y ahí está Alex, con una sonrisita divertida en la puerta.

—Hola, ¿estará por aquí la "reina de la casa"? —bromea, con la mano en el marco de la puerta y esa mirada suya que me irrita.

—Qué gracioso, Hill. Ven, entra antes de que a mi papá se le ocurra hacerte una entrevista tipo FBI —le digo, fingiendo indiferencia.

Mientras Alex entra, no pasa ni dos segundos antes de que se detenga a mirar alrededor. Por supuesto, se fija en cada detalle y fotos que tengo en las paredes, incluidas aquellas de cuando era pequeña. Y claro, se queda viendo la peor de todas: yo, vestida de calabaza a los tres años.

—Vaya, Mia, no sabía que eras fanática de Halloween desde tan chiquita —dice, señalando la foto con una sonrisa burlona.

Justo cuando iba a replicar, mi papá aparece en la escena, como si estuviera esperando el momento perfecto.

—¡Ah, esa calabacita! —dice, y empieza a reírse, mirándome con una cara de te tengo que me dan ganas de salir corriendo—. Pero claro, eso no supera cuando decidió que se disfrazaría y cantaría como Hanna Montana en la escuela. ¿Te acuerdas, Mia? ¿Cómo era que decías? "¡Papá, hoy voy a ser como Hanna Montana!" Aunque de Hanna Montana solo tenía la actitud. —y ahí va, imitando mi vocecita de niña mientras Alex empieza a reírse más fuerte.

Los odio. Los odio a los dos. No puedo creer que se estén riendo de eso. Siento cómo me arde la cara, pero trato de hacerme la que no me importa.

—¡Ya, papá! No era necesario que Alex se enterara de esos "detalles" —digo entre dientes, tratando de mantenerme tranquila.

—Oh, pero no seas así, Mia —me responde Alex, todavía riéndose mientras señala la foto—. Es decir, estoy descubriendo a la verdadera calabacita Hanna de la familia.

Mi papá estalla en carcajadas otra vez, encantado de tener a Alex como cómplice. Me cruzo de brazos, mirándolos a ambos con la peor mirada que puedo sacar.

—En serio, Mia, solo estamos divirtiéndonos —dice mi papá, todavía entre risas—. Esto es un trabajo en equipo. Y en los equipos, reírse un poco es fundamental, incluso si eres el centro de la diversión.

—Además, estoy aquí para asegurarme de que no te pongas demasiado seria, Mia —añade Alex, recuperando la compostura pero sin quitarse esa sonrisa molesta—. Aunque claro, parece que eres el show principal.

Dime que me odiasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora