Mia
El taxi se detiene en una calle angosta y oscura. Miro por la ventana y me trago las ganas de suspirar. No es que esperara un palacio, pero... bueno, sí esperaba algo mejor.
—Son cuarenta y cinco —dice el taxista, sin siquiera voltear a verme.
Hago una mueca mientras saco los billetes. Cuarenta y cinco por un viaje que duró menos de veinte minutos. ¿A esto se reduce mi vida ahora? ¿A calcular si me alcanza para un pan con café después de pagar el taxi? Le entrego el dinero con una sonrisa tensa, tratando de ignorar el golpe a mi bolsillo.
Recojo mis cosas y bajo del auto con algo de dificultad. Una maleta, una mochila y una bolsa con cosas que no cupieron. Básicamente, toda mi vida resumida en equipaje barato.
Miro a mi alrededor. Todo luce... viejo. Demasiado viejo. Los edificios tienen paredes resquebrajadas, las banquetas están desniveladas y hay más postes torcidos que derechos. Trato de ubicarme. Sé que el redondel de París no está tan cerca, pero tampoco tan lejos. Si camino aproximadamente un kilómetro, podría llegar. No sé para qué me serviría eso, pero de alguna forma me tranquiliza. Al menos sabré que no estoy tan perdida.
Frente a mí, el edificio es exactamente como lo imaginé cuando me dijeron "barato, pero bien ubicado". Antiguo, con una fachada que suplica por una mano de pintura y ventanas cubiertas con cortinas viejas. Hay una reja oxidada y un solo timbre en la entrada. Solo uno. Respiro hondo y lo presiono.
Un sonido agudo y distorsionado resuena dentro. Espero. Y espero. Y cuando estoy a punto de tocar otra vez, la puerta se abre de golpe.
—Ah, eres tú —dice la señora que me habló del apartamento.
Es bajita, con el pelo rizado y completamente canoso. Su mirada es directa, seria, como si ya estuviera harta de todo. O de mí, aunque es la primera vez que nos vemos en persona.
—Pase adelante —dice con voz áspera, haciéndose a un lado.
Entro con todo mi equipaje a cuestas, esquivando de milagro un escalón roto. El aire adentro es pesado, huele a humedad y madera vieja. También hay un leve rastro de incienso, lo que me hace preguntarme si aquí hacen rituales satánicos cuando no hay inquilinos.
—Aquí van las reglas —empieza sin rodeos, cruzándose de brazos.
Me enderezo, como si estuviera a punto de firmar un contrato con el diablo.
—No se permiten invitados en el edificio.
Bien. No tengo amigos, así que ningún problema.
—No hay hora de salida, pero de entrada sí. A las ocho de la noche me duermo y ya no le abro a nadie.
¿Ocho de la noche? ¿Quién se duerme a las ocho? Ah, claro, mi casera.
—No pierdas la llave.
Genial. Así que si me la roban o la pierdo, básicamente quedo exiliada.
—Si rompes algo, lo pagas.
Miro la escalera que parece sacada de una película de terror. Lo más probable es que no dure mucho sin romperse sola.
—Da gracias que estás cerca del centro.
Sonrío de forma automática.
—Claro, muchísimas gracias.
Me entrega la llave, mirándome como si estuviera esperando que le diera las gracias de rodillas.
—2A —dice simplemente.
Levanto la vista y veo la escalera de madera, que cruje incluso sin que la toque. Son tres niveles en total. El mío está en el segundo piso, subiendo dos tramos de escaleras angostas y torcidas.
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Dime que me odias
Teen FictionMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
