Mia
Salgo del café, ajustando la correa de mi mochila y lanzando una mirada de reojo al cielo gris que amenaza lluvia. Justo entonces, oigo los pasos inconfundibles de Alex Hill detrás de mí, y reprimo el impulso de rodar los ojos. ¿Por qué tenía que salir justo al mismo tiempo que yo? Sería demasiado pedir que el universo me diera siquiera un respiro de su presencia.
Trato de mantener la distancia, apretando el paso hacia el estacionamiento del instituto. No tengo la menor intención de caminar junto a él. Pero no pasa ni un segundo antes de que noto que él acelera para mantener el ritmo, a su modo tan arrogante y despreocupado. Aunque no lo mire, sé que lleva esa expresión relajada y esa media sonrisa que siempre usa para irritarme.
—No puedo creer que haya tenido que aguantarme sentada a tu lado durante tanto tiempo —espeto, apretando los dientes y mirando hacia adelante.
—Créeme, Clair, yo también estaba deseando escapar —responde Alex, sin perder la oportunidad de soltar otra de sus respuestas fáciles. Puedo notar la sonrisa en su tono sin siquiera girarme para verlo.
Aumento la velocidad, casi que echando a correr. No quiero darle la satisfacción de caminar al mismo paso que él, y mucho menos permitir que piense que su presencia me afecta. Pero, claro, él sigue a mi ritmo, sin la menor señal de molestia. Como si fuera un paseo para él, una broma, mientras que yo siento que cada segundo a su lado me pone más al borde de explotar.
—Dime, ¿alguna vez te tomas algo en serio, Hill? —le lanzo una mirada rápida de reojo, con un toque de desprecio que espero que note—. Porque nunca pareces esforzarte en nada.
Él se limita a encogerse de hombros, con esa calma irritante que me dan ganas de gritar.
—¿Y por qué debería esforzarme si lo hago todo bien sin intentarlo? —responde, como si fuera la respuesta más obvia del mundo.
Esa estúpida arrogancia. La facilidad con la que lo dice. Cómo me encantaría poder borrarle esa sonrisa a golpes. Dejo que mis pies se detengan, y, antes de pensarlo demasiado, me doy la vuelta para enfrentarlo. Cierro los puños y lo miro directo a los ojos, sin contener el veneno en mi voz.
—¡Eso es lo que me molesta de ti! Nunca haces el esfuerzo y, aun así, siempre obtienes lo que quieres. Como si el mundo estuviera a tus pies solo porque existes —escarbo las palabras, cada una un pedazo de la rabia que siento desde hace tanto.
Él sonríe, inclinando la cabeza hacia un lado, disfrutando de la escena como si fuera una comedia.
—¿Te molesta que sea mejor que tú? Porque suena exactamente a eso —se acerca un poco, su tono burlón como siempre, disfrutando de mi reacción.
Doy un paso atrás, cruzándome de brazos, incapaz de contener la frustración que se va acumulando. No voy a permitir que tenga la última palabra, y mucho menos que se salga con la suya haciéndome ver como una envidiosa. Odio admitirlo, pero parte de lo que dice es verdad: Alex siempre parece ganar sin hacer el menor esfuerzo, y eso es exactamente lo que me exaspera.
—No, lo que me molesta es que no lo mereces —finalmente logro decir, apretando los labios con fuerza.
Él se ríe suavemente, una risa que es más una burla que cualquier otra cosa.
—¿Ah, sí? ¿Y qué es lo que merezco, entonces, según la gran Mia Clair? —pregunta, arqueando una ceja y dejándose caer contra un poste con una actitud que me hierve la sangre.
—¿Quieres saberlo? —digo, sintiendo que me quemo por dentro. Quiero decirle que merece ser derribado, que le vendría bien un golpe de realidad. Pero solo le devuelvo la mirada, dejando que mis ojos transmitan el desprecio que siento.
Él simplemente sonríe, su ego como un muro infranqueable que no parece afectado por nada de lo que digo. Y entonces, antes de que pueda detenerme, continúo.
—Eres solo un niñito consentido, Hill, un mimado que cree que el mundo le debe algo solo porque nació con cara de "chico perfecto" —digo, usando el tono más sarcástico que puedo reunir. Mi voz casi tiembla de la ira que siento, pero no me importa—. No sabes lo que es ganarse algo de verdad, esforzarse por algo sin que todo te llegue en bandeja de plata.
Él da un paso hacia mí, y la sonrisa desaparece de su rostro por un segundo. Algo cambia en su mirada, algo oscuro que por un instante me hace pensar que tal vez he ido demasiado lejos. Pero ya es demasiado tarde para echarme atrás.
—¿Sabes qué? Tal vez te moleste que no me esfuerzo, pero tal vez deberías mirarte al espejo, Clair —dice, su voz mucho más fría de lo habitual—. Me odias porque no necesito desgastarme como tú, porque sin esfuerzo soy mejor. Pero eso es problema tuyo, no mío.
Doy un paso atrás, sintiendo el peso de sus palabras. Y eso me enfurece aún más. Siento el impulso de gritar, de decirle exactamente lo que pienso, pero entonces me doy cuenta de que estamos demasiado cerca, nuestros rostros apenas a unos centímetros de distancia.
—Eres un idiota —es lo único que logro decir, mi voz entrecortada por la rabia contenida. Me doy vuelta, decidida a alejarme de él, pero siento su mirada clavada en mí, como si me desafiara a seguir.
—¿Solo eso? —me llama desde atrás, con un tono de burla en la voz—. Pensé que eras más creativa, Clair. Vamos, ¿a esto le llamas enfrentarte a mí?
Me detengo en seco. No voy a dejar que me manipule, no esta vez. Me vuelvo hacia él, y veo cómo él también se detiene. Por alguna razón, estamos solos en el estacionamiento, y todo parece extrañamente silencioso a nuestro alrededor. La tensión en el aire es tan densa que casi puedo sentirla.
—¿Sabes qué, Alex? —le digo, acercándome un poco más, mi voz baja y llena de veneno—. Ojalá te caigas de tu maldita moto algún día. A ver si con un buen golpe de realidad aprendes a callarte y dejar de ser tan... tan insoportable.
Él sonríe, como si hubiera esperado esas palabras toda la vida. Esa sonrisa que nunca desaparece, que me vuelve loca de rabia y frustración. Y entonces, sin previo aviso, se acerca aún más, sus ojos fijos en los míos.
—Oh, claro. Seguiré siendo "insoportable", Clair —dice, cada palabra un golpe suave y calculado, sin perder esa sonrisa—. Porque, para mí, ver cómo te pones así de furiosa... vale cada segundo.
No sé qué me empuja a hacerlo, pero lo empujo con ambas manos, y él apenas se mueve, manteniendo el equilibrio con facilidad. La rabia me consume y, por un instante, me siento al borde de la desesperación. Quiero borrarle esa sonrisa, quiero hacerlo callar, quiero que deje de mirarme como si supiera algo de mí que ni yo misma conozco.
—¿Ya terminaste? —pregunta, como si nada. Me toma por sorpresa, porque sus palabras son una burla descarada, y de alguna forma también son un reto. Nos quedamos mirándonos, respirando rápido, cada uno desafiando al otro a hacer algo más, a decir algo más.
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Dime que me odias
أدب المراهقينMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
