Luz neón

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Mia

Ya llega el sábado. Ese día que uno espera como quien cuenta monedas para ver si alcanza. No importa si la semana fue buena, mediocre o miserable: el sábado tiene ese algo, esa promesa silenciosa de que quizá —aunque sea por unas horas— la vida pueda sentirse un poco menos pesada.

En mi cuarto, la preparación se vuelve casi un ritual, empiezo por la falda negra, después vienen las botas largas. Negras, altas, muy bonitas. Las miro un segundo, me las ajusto, y sonrío.

La chaqueta de cuero color corinto me hace ojos, me la pongo con el cariño reservado que le tengo.

Plancharme el cabello es otra historia. Me miro al espejo con el alisador en mano, pensando en mi pelo natural, ese que hace años no dejo que se asome. Pienso en cómo antes me atrevía a salir con él suelto, ondulado, libre, como era. Pero eso quedó en una versión de mí que ya no existe, archivada en el cajón mental.

El maquillaje lo hago con cuidado, casi con respeto. Pestañas perfectas—o lo más perfecto que mis manos temblorosas permiten—, y ese gloss brillante.

Cuando salgo del cuarto, nos encontramos los tres en la puerta del departamento como si el guion de una película nos hubiera sincronizado. Nos miramos, sonreímos, y por un instante —uno breve pero muy real.

Liam lleva las llaves, siempre las lleva. Conduce con esa mezcla entre concentración y distracción que tienen los que piensan demasiado. Camila va en el asiento de al lado, retocando su labial con el espejo del retrovisor, y yo atrás, viendo cómo la ciudad se estira bajo las luces. París, aunque suene cliché, de noche tiene algo hipnótico. Algo que hace que todo lo que una ha evitado pensar durante la semana quede suspendido, como si el tráfico, la gente en las calles y las farolas pudieran sostenernos un rato.

Aparcamos cerca deun bar que le recomendaron sus compañeras a Camila. Bajamos las tres, y ya en la entrada, a pesar de ser sábado no hay demasiada gente, pienso que es uno de esos lugares que pocos conocen y por eso es exclusivo.

Dentro, la luz es tenue con colores neón rojo y azul, está dividido en dos partes, la parte roja es el bar en sí, están los taburetes y la mesa larga junto con el bartender. Al contrario, el azul es la parte de la pista de baile, la gente se mueve al ritmo, hay variedad de personas, formales, informales pero todos lo disfrutan.

Nos acomodamos en una mesa justo a la par está una frase escrita con neón "Atrévete a decir que sí". Asentí, de cierta forma me llegó la frase, empezamos con una ronda, dos, cuarta, y quinta.

– Por sobrevivir la semana –dice Camila, y todos alzamos el vaso.
– Por los tres mosqueteros que alegran el depa.
– ¡Por Chayanne! –grita Liam, como si invocara a una deidad.

Y brindamos por Chayanne. Porque hay cosas que no se discuten.

La risa se vuelve constante. No por los chistes, sino por la borrachera y ese pequeño alivio de estar juntos. Vamos a la pista de baile.  Liam baila con nosotras como si de verdad supiera lo que hace. Y aunque no lo sepa, se agradece.

Después de un rato, siento el mareo venir como una ola lenta. Esa que te avisa: o haces algo ahora o mañana te vas a levantar hablando idiomas inventados.

– Voy a pedir una Coca-Cola –les digo, separándome del grupo.
– ¿Te rendiste? –pregunta Camila.
– Solo estoy negociando con mi sistema digestivo –respondo.

Me acerco a la barra. Me siento en una de esas sillas altas que siempre me han parecido absurdas, pero que de algún modo te hacen sentir más importante. Como si desde ahí pudieras mirar la fiesta con distancia y control. Pido la Coca, y mientras la sirven, observo.

Dime que me odiasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora