Alex
Salí a la terraza. El aire helado golpeó mi cara como un balde de agua, pero no hizo nada para apagar el incendio que tenía dentro. Caminé de un lado a otro, con los brazos cruzados, pero terminaba siempre llevándome las manos al cabello, jalándolo con desesperación. Todo era un caos, un torbellino en el pecho que no me dejaba pensar con claridad.
—¿Alex? —su voz era tensa, contenida. Caminó hacia mí. Yo no respondí. Sentía su presencia, su calor a pesar del frío—. ¿Qué te pasa? Estás... raro. Como si... como si yo hubiera hecho algo malo y por eso te estás alejando.
Sus palabras me atravesaron como una lanza. Tragué saliva. No podía seguir callando, pero tampoco podía decirlo.
—Bien —murmuró. La escuché dar un paso atrás—. Me iré.
Mia salió del palco como si le ardiera el suelo. Ni una palabra más.
Y yo... yo me quedé ahí. Como un idiota.
El aire se volvió más espeso que el telón rojo. Sentí que el teatro entero se encogía. Que todos los aplausos, los murmullos, los focos, desaparecían menos ella bajando esas escaleras.
La vi salir por la puerta. Sentí un tirón en el estómago, como si me lanzaran desde lo alto. Giré la vista al otro lado, hacia la calle vacía, fingiendo que no me importaba. Que no temblaba por dentro. Que no estaba enamorado de ella.
*Reproducir canción "I Was Made For Lovin You -YUNGBLUD"*
Así de simple, fuerte y decidido. Como una de esas revelaciones que llegan tarde, justo cuando la persona ya va saliendo por la puerta.
Corrí. En serio, corrí como si estuviera mi vida en riesgo, esto era real y la chica se me estaba yendo de verdad.
Bajé las escaleras como loco, sin pensar si iba a caerme, sin saludar a los acomodadores, sin importar que la gente me mirara raro. Todo en mi cuerpo gritaba por ella, no lo entendía.
Voy pasando por todas las salas de la ópera, hasta que la encuentro en la sala de ángeles, la veo de espalda, me acerco a ella, me falta el aire pero me haría más falta ella. Le agarro la mano antes de que siga caminando, ella me voltea a ver y cuando miro que tiene los ojos cristalinos se me encoge el pecho.
—No te vayas... —le dije, con la voz deshecha—. Por favor. Quédate un segundo más.
Ella frunció el ceño, temblando de rabia y de pena.
—¿Por qué? ¿Para que vuelvas a callarte? ¿Para que sigas actuando como si nada? ¡No entiendo qué te pasa, Alex!
Y es ahí cuando me quiebro.
—Dime lo mucho que me odias —le digo, con la voz pendiente de un hilo, la mirada clavada en sus ojos como si ahí pudiera encontrar mi absolución—. Dímelo. Di que me odias, quiero escucharlo.
Ella no dice nada. Me ve con el ceño fruncido y yo sigo, aunque me tiemble el alma.
—Dime que me odias... Te ruego que me lo digas, ódiame. Te ruego que me odies. Bórrame de tu vida si eso es lo que quieres. Te estoy dando el marcador rojo para que taches mi nombre de tu vida.
La miro, y sus ojos... Dios, sus ojos. No puedo dejar de mirarlos.
—Dime que soy una basura. Que jamás me dejarás entrar en tu vida. Que puedes reemplazarme con quien sea, que todos te hacen sentir algo... Todos, menos yo.
—¿Quieres que te diga que al verte con ese vestido no me generó nada? ¿Que mi corazón no latió a mil por hora, amenazando que se me saliera del cuerpo y fuera a buscar el tuyo?
¿Que no me pierdo en tus ojos? ¿Que los odio? ¿Que si me miras como me estás mirando, no voy a poder resistirme a besarte?
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Dime que me odias
Ficção AdolescenteMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
