Invitación

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Mia

Hoy llegué del hospital pasada la medianoche. Me saqué los zapatos en la entrada y me quedé descalza un rato, parada frente al refrigerador abierto sin saber si tenía hambre o solo costumbre. Me quedan treinta días para terminar el internado. Treinta. Luego de eso, me graduaré, al fin. Todo lo que soñé desde niña está por cumplirse. Y sin embargo... me siento suspendida. Como si cada paso adelante abriera más preguntas que respuestas.

¿Y después de eso, qué?
¿Vuelvo a casa, a mis padres que me esperan con los brazos llenos? ¿A mis amigos que siempre está con esa risa que abriga el alma? ¿O me quedo aquí un poco más, intentando encontrar algo que no sé si existe?

Aquí estoy bien. No tengo mucho, pero tampoco necesito demasiado. Mis compañeros de piso son buena gente. Nos queremos, sí. Pero cada quien anda en su mundo. A veces, los fines de semana, nos reunimos a ver una película. Reímos, cenamos, nos despedimos... y ya. Los días se me van en silencios largos. No me disgusta. He sido siempre así: solitaria, introspectiva, tranquila. Amo estar en mi casa, cocinar para mí, leer, escuchar música, mirar por la ventana sin prisa.

Pero anoche... anoche fue diferente.
Alisson me hizo una videollamada. Tenía los ojos brillantes, las mejillas rojas de emoción. Me mostró el anillo. Su novio le pidió matrimonio. Y mientras ella me contaba, reía, mostraba las flores y su sonrisa no le cabía en el rostro... yo lloré. No frente a ella. Esperé a cortar la llamada. Fui al baño, me senté en el suelo frío con la espalda contra la tina... y lloré como si algo en mí se rompiera sin hacer ruido.

No era envidia. No. Yo estaba muy feliz por ella. Era otra cosa.

Era esa pregunta que me ronda desde hace tiempo:
¿Habrá alguien con quien pueda construir algo real, duradero, verdadero?
No una historia fugaz. No palabras bonitas que se van con la lluvia.
Sino algo sólido. Algo que se quede. Algo como los finales de mis libros favoritos.

A veces siento que no estoy hecha para el amor. Que lo mío es sanar, cuidar, estudiar, avanzar. Que mi vida está bien así, entre libros, café  y mi trabajo. Y aún así... hay noches como esta en las que me encantaría sentir que alguien piensa en mí justo cuando se le cae el mundo. Que alguien me busca, me elige, me espera. Que no tengo que ser fuerte siempre, que puedo aflojar el alma en unos brazos y descansar.

Pero en fin...
Tal vez son los días lluviosos de París. El cielo encapotado, el olor a tierra mojada, ese gris suave que cubre los edificios como una sábana ligera. Aunque adoro este clima —es mi favorito, de hecho— a veces me pone así, un poco más blanda por dentro, como si el alma se me volviera lluvia también.

...

Ha pasado una semana.
Hoy salí un poco antes del hospital. El aire huele a café y a pan caliente. Camino por la Rue Saint-Antoine con las manos en los bolsillos, sin prisa. Me gusta pasar por esta calle en particular. A la derecha está una cafetería preciosa, de esas con luces doradas y cortinas de terciopelo viejo, y justo enfrente, una librería chiquita donde puedes tomar un libro, sentarte a leer y devolverlo cuando termines. Es como un rincón escondido de otro siglo.

Entro a la cafetería, como casi cada jueves. Pido lo de siempre: un café bien caliente y un éclair de Nutella que me hace cerrar los ojos del gusto en cada bocado. La dueña me saluda con una sonrisa cálida —ya me reconoce, me llama mademoiselle docteur— y yo le devuelvo el gesto con esa familiaridad discreta que se forma entre extraños que se ven seguido.

Tomo mi café, mi pastelito, y camino hacia el fondo buscando alguna mesita libre junto a la ventana. Es entonces cuando lo veo.

Un póster, pegado en una de las columnas:
"Le Lac des Cygnes – Opéra Garnier – Saison d'Hiver
El Lago de los Cisnes. Ópera Garnier. Temporada de invierno.

Dime que me odiasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora