Mia
El mundo a mi alrededor no existía. Podría estar cayendo un meteorito y yo seguiría aquí, con mi corazón acelerado al leer cómo la protagonista del libro finalmente encajaba todas las piezas.
El asesino estaba justo frente a ella todo el tiempo. Mis ojos recorrían las líneas a la velocidad de la luz, como si pudiera absorberlas, palabra por palabra, y transformarlas en energía vital.
—¡Lo sabía! —murmuré emocionada, como si alguien estuviera escuchándome.
Claro que no lo había adivinado.
Siempre sospeché de todos menos del que creí que no sería.
Entonces, como si el universo conspirara para arruinar mi momento de gloria literaria, apareció Alisson.
—¿Qué haces escondida aquí? —preguntó, con ese tono de voz que mezcla diversión y reproche a partes iguales. Antes de que pudiera contestar, me quitó el libro de un tirón.
—¡Oye! ¡Estoy en la mejor parte! —Intenté recuperarlo, pero ella simplemente levantó el brazo. Maldita sea su estatura superior.
—No puedes esconderte de Alex para siempre, Mia.
—¿Esconderme? —respondí, poniendo los ojos en blanco como si fuera la cosa más absurda que jamás hubiera escuchado—. No estoy escondiéndome.
—¿Ah no? Entonces, ¿por qué estás en la esquina más solitaria de la biblioteca, devorando un libro como si tu vida dependiera de ello?
—Porque el libro es bueno, Alisson. No todo gira en torno a Alex.
Mentira.
Bueno, media mentira.
Ni siquiera había pensado en él. Casi. Alisson me lanzó esa mirada, como si pudiera leer mis pensamientos.
—Mia, ni siquiera tienes cara de arrepentimiento.
—Porque no estoy arrepentida —dije con firmeza. Y era verdad. Ni un poquito.
—Por favor, te conozco. Si estuvieras más inmersa en ese libro, lo estarías masticando.
—Alisson, devuélveme el libro antes de que te pegue con el gigante libro de inglés.
Ella suspiró y puso los ojos en blanco mientras me devolvía el libro.
—¿Puedes traerme el libro de biología que está en el último estante? —preguntó Alisson, sonriendo con demasiada dulzura.
La miré fijamente, como si acabara de pedirme que escalara el Everest sin equipo.
—¿Por qué no lo buscas tú?
—Porque te debo una, ¿no? Además, tú eres más bajita y cabes mejor en ese rincón estrecho.
—Qué conveniente —resoplé, cerrando mi libro con un chasquido y levantándome—. Está bien, pero más te vale prestarme tus tacones nuevos.
Mientras me giraba para ir al estante, la puerta de la biblioteca se cerró de golpe detrás de mí, con un eco que rebotó en las paredes silenciosas. Me detuve y miré hacia atrás, confundida.
—¿Qué fue eso? —murmuré, pero Alisson ya no estaba. Solo había un silencio sospechoso.
Fruncí el ceño, pero continué hacia el último estante. Al llegar, me puse de puntillas para buscar el dichoso libro. No había forma de encontrarlo. Me estiré un poco más, murmurando maldiciones sobre las personas que diseñan bibliotecas.
Fue entonces cuando lo vi.
A mi derecha, en una de las mesas, Alex estaba sentado, inclinado sobre un libro. No podía ver qué leía, pero el simple hecho de que estuviera allí me hizo querer evaporarme en el aire.
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Dime que me odias
Teen FictionMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
