Mia
El día comenzó desde el amanecer con mi playlist favorita sonando en toda la habitación.
Ya empezó el internado. Han sido días largos, intensos, y para qué negarlo... estoy cansada. Pero también hay algo muy emocionante en todo esto, una sensación de estar en el lugar correcto. Ahora mismo estoy rotando por el área de neurología y, ¡vaya!, es más interesante de lo que imaginaba. El cerebro es un mundo en sí mismo, y los casos que vemos todos los días me tienen atrapada.
Los días han pasado volando, de verdad. Mis compañeros son muy buenos, hay un ambiente de apoyo que agradezco muchísimo. De milagro he logrado seguirle el ritmo a Camila, mi compañera de piso. Esa mujer tiene una energía que no sé de dónde saca, pero ahí voy, sobreviviendo como puedo.
Y hablando de Camila... tenemos un nuevo amigo: el vecino de arriba. Se llama Liam y es divertidísimo, aunque al principio no lo parecía. Anoche fuimos a su habitación a ver una película de terror —sí, muy buena idea, sobre todo considerando que soy extremadamente miedosa. No me pude despegar del brazo de Camila en toda la película. A estas alturas creo que le dejé marcas con las uñas.
¿Les conté cómo conocimos a Liam? Fue tan ridículo que aún me da risa. Camila salió de mi cuarto como un torbellino, tropezó con él en las escaleras y ambos casi se matan. Si el edificio hubiera tenido dos funerales ese día, nadie se habría sorprendido. Un 2x1.
Nos hubieramos ahorrado el café y el pan. Me río.
Liam es de esos chicos que pasan desapercibidos al principio. Alto, callado, con un aire medio distraído. Tiene el pelo rizado, castaño claro, y unos ojos color miel. Pero bueno, parece que ahora es parte del grupo.
Hoy es viernes, por cierto. Últimamente mi vida se resume en ver a Kent sólo los lunes, justo cuando sale del trabajo, y los fines de semana. Dice que su jefe lo está matando con tanto trabajo. Al principio pensé que exageraba, pero si vieran las ojeras que carga... ese hombre claramente no duerme. Todo porque Alex, por alguna razón incomprensible, decidió darle más carga de trabajo. A veces pienso que Alex lo hace a propósito.
Bueno, misión del día: cumplida. Ya estudié lo que debía —más de lo que mi cerebro probablemente puede retener a estas horas, pero bueno, se hizo el intento— y ahora por fin tengo un rato para mí. Estoy decidida: voy a ver mi serie en Netflix. Esa que dejé pausada hace mil años y que siempre prometo retomar cuando tenga "tiempo libre".
Pongo a calentar un poco de agua mientras tarareo la musiquita de la intro (la llevo metida en la cabeza desde ayer, maldita sea). Me siento como una señora de 80 años que sabe disfrutar la vida: pijama puesta, pantuflas mulliditas con forma de conejito y ganas de no hablar con ningún ser humano durante las próximas dos horas.
Abro el sobre de chocolate —de esos que saben a infancia feliz— y lo huelo. Honestamente, si pudiera embotellar este olor y usarlo como perfume, lo haría. Me lo preparo con espumita y todo. Mi cocina, por alguna razón, se ve bonita. El atardecer se cuela por la ventana.
Y justo cuando ya estoy por dejarme caer al sillón... ras-ras-ras. Miro hacia la puerta. Adivinen. Mango.
Sí, el gato naranja más dramático y gordito de toda la existencia. Un Garfield versión edición especial con ojazos azules que te miran como si le debieras la vida entera. Él no vive exactamente conmigo, pero... digamos que decidió que mi departamento es más suyo que mío. Y la verdad, ¿quién soy yo para decirle que no?
Le abro la puerta y entra como si fuera dueño de la renta. Lo agarro, lo abrazo. Es tan blandito que podría usarlo de almohada en un apocalipsis. Lo subo a la mesa, se sienta justo al lado de mi taza, y zas, el momento es tan estéticamente perfecto que mi millennial interno no puede resistirse: selfie con Mango y chocolate caliente. Me veo decente, él sale como una bola peluda encantadora, y la taza tiene espumita como sacada de un café hipster. Lo subo a mi Instagram.
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Dime que me odias
Teen FictionMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
