Drama

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Mia

Nos quedamos en silencio por un momento, ambos empapados, jadeando como si acabáramos de correr un maratón emocional. La lluvia sigue cayendo a cántaros, golpeando la acera como si el universo estuviera conspirando para hacer esto aún más dramático.

—¿Por qué demonios me haces esto? —rompe el silencio Alex, su voz cargada de rabia contenida.

Lo miro, parpadeando bajo la lluvia que me corre por la cara. ¿Me está hablando en serio?

—¿Yo? —suelto una carcajada incrédula, seca, como un trueno en miniatura—. ¿Tú crees que soy yo la que te hace esto? Newsflash, Hill: no eres tan especial.

Él da un paso hacia mí, y ahora estamos lo suficientemente cerca como para que pueda contar cada gota de agua que le resbala por la cara.

—Oh, claro, porque tú nunca haces nada, ¿verdad? —dice con sarcasmo—. Siempre tan inocente, tan perfecta, jugando a ser la víctima mientras disfrutas verme perder la maldita cabeza contigo.

Mi risa esta vez es más amarga, casi venenosa.

—¿Disfrutar? —repito, y doy un paso hacia él, alzando la barbilla para mirarlo directamente a los ojos—. Si disfruto algo, Alex, es verte darte contra la pared una y otra vez porque no puedes manejar que alguien te diga que no.

Sus labios se curvan en una sonrisa que no es una sonrisa. Es como si intentara no gritar, pero su furia está justo ahí, hirviendo bajo la superficie.

—¿Y qué? ¿Te hace sentir poderosa, Clair? —dice, bajando la voz de una forma que me pone los pelos de punta—. ¿Te hace sentir bien saber que puedes controlarme? Porque, maldita sea, Mia, a veces siento que lo haces a propósito.

—¡Por supuesto que no! —exclamo, abriendo los brazos bajo la lluvia—. No te necesito para nada, Alex. Si estás aquí es porque tú quisiste venir, así que no me eches la culpa de tus malditos problemas emocionales.

Él suelta una carcajada amarga, inclinándose hacia mí como si estuviera a punto de decirme un gran secreto.

—¿Sabes cuál es tu problema? —me dice, sus palabras afiladas como cuchillas—. Crees que todo gira a tu alrededor. Pero aquí va una sorpresa: no eres el centro del universo, Mia.

Eso me enciende aún más. Mi furia arde tan intensamente que si no fuera por la lluvia, creo que el lugar estaría en llamas.

—¿Ah, sí? Entonces, ¿por qué estás aquí, Alex? —espeté, señalándolo con un dedo—. Si soy tan insignificante, si no soy el centro de nada, ¿por qué no te largas y me dejas en paz?

Su mandíbula se tensa, y por un segundo parece que va a decir algo. Pero en lugar de eso, se queda mirándome como si yo fuera un problema matemático que no puede resolver. Finalmente, baja la mirada, sacude la cabeza y murmura:

—Esto fue un error. Tú y yo... todo esto. Un maldito error.

Por un instante, sus palabras me golpean con más fuerza que la lluvia. Me quedo congelada, sintiendo como si todo a mi alrededor se hubiera detenido. Pero no. No voy a dejar que él gane esta vez.

—¿Un error? —repito, mi voz saliendo más fuerte de lo que esperaba—. ¡Error fue dejar que te acercaras en primer lugar! Si quieres salir de mi vida, Alex, la puerta está bien abierta. No te preocupes, no pienso detenerte.

Él parpadea, como si no hubiera esperado esa respuesta, pero no me importa. Me doy la vuelta, camino hacia mi auto y abro la puerta de golpe.

—¡Mia, espera! —grita detrás de mí, pero yo ya no estoy escuchando.

Dime que me odiasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora