Mia
Ese fin de semana, no dejaba de pensar en lo que había pasado. Aunque me repetía que no significaba nada, una parte de mí esperaba, quizá tontamente, que Alex me mandara algún mensaje. Algo casual, tal vez un simple "Hola". ¿Por qué? Ni yo lo sabía con certeza, pero después de esa noche, de la cercanía y de cómo me miró, pensé que algo quedaría rondando entre nosotros, que tal vez lo que sentí en ese momento no fue solo producto de mi imaginación.
Pero el mensaje nunca llegó.
Al contrario, mientras revisaba mis redes, me encontré con videos de él. En fiestas, rodeado de amigos y chicas, bebiendo sin preocuparse por nada, hasta el punto de quedar casi inconsciente. Reía y bromeaba como siempre, con esa facilidad que parecía tener para vivir despreocupadamente. Parecía tan... normal. Como si esa noche no hubiera pasado nada especial, como si yo nunca hubiera estado en su mente ni un segundo después de que me fui de su casa.
Suspiré, cerrando mi teléfono y decidiendo que no valía la pena darle más vueltas. No me importaba, o al menos intentaba convencerme de eso. Probablemente todo había sido solo un impulso, una reacción momentánea. No era como si realmente hubiera significado algo. No tenía sentido darle tantas vueltas a algo que, evidentemente, no había sido más que un instante pasajero.
Así que lo dejé ir, o al menos traté de hacerlo. Porque, al final, ¿por qué me importaría lo que Alex Hill pensara o dejara de pensar?
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Ese mismo día, decidí que la mejor forma de dejar a Alex y toda esa confusión a un lado era hacer lo que mejor sabía: snowboarding. Así que me puse mi equipo, me aseguré de que todo estuviera listo y subí a la montaña, determinada a despejar mi mente de una vez por todas.
La nieve estaba en su punto perfecto y, desde la primera pirueta, sentí cómo la adrenalina me ayudaba a vaciar cada pensamiento fuera de lugar. No había nada más que el aire frío en mi cara y la velocidad en mis pies, deslizándome con una precisión que, por alguna razón, hoy sentía más fluida que nunca. Mis saltos eran exactos, mis giros limpios, y cada maniobra difícil que intentaba salía mejor de lo que esperaba. Me estaba desafiando, probando trucos que rara vez hacía, y hasta el momento, me estaban saliendo perfectos.
Estaba tan concentrada que ni siquiera me di cuenta de lo cerca que estaba de terminar el descenso. Me preparaba para una última pirueta, esa que siempre me dejaba sin aliento, cuando al mirar al final de la pista, lo vi: el chico misterioso. Estaba parado en la nieve, con su equipo, observándome en silencio desde la distancia.
Mi mente se detuvo por un segundo. Lo reconocí de inmediato, aunque su rostro estaba parcialmente cubierto por el casco y las gafas, y esa postura segura lo delataba. Parecía casi... expectante, como si estuviera esperando que yo hiciera el próximo movimiento.
No sabía quién era ni por qué siempre aparecía, pero algo en su presencia me hacía sentir una mezcla de desafío y emoción.
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Alisson y yo estábamos en nuestra mesa habitual de la cafetería, disfrutando de un descanso entre clases. Charlábamos sobre cualquier cosa que nos viniera a la mente: algún profesor y sus rarezas, la próxima película que queríamos ver, y por supuesto, los últimos rumores de la escuela. Me sentía ligera, despreocupada, como hacía mucho tiempo que no me sentía. Desde el fin de semana, Alex había dejado de ocupar el espacio que antes llenaba en mis pensamientos. Lo había decidido: no valía la pena que me desgastara por alguien como él.
Justo en medio de nuestra risa, escuché a alguien acercarse. Levanté la mirada, y ahí estaba Ethan, sujetando un ramo de flores. Era un conjunto de tulipanes y margaritas, envueltos en un papel simple pero bonito. Me quedé mirándolo, un poco desconcertada y con una sonrisa sorprendida que no pude evitar. Ethan era el tipo de chico que siempre tenía algo encantador en su forma de ser, pero nunca hubiera imaginado que aparecería así, tan decidido.
—Hola, Mia —dijo con esa voz segura y amable que siempre lo caracterizaba, mientras extendía el ramo hacia mí—. Me preguntaba si te gustaría salir conmigo. ¿Te gustaría ir a una cita?
Las palabras quedaron en el aire por un segundo, y sentí cómo Alisson me daba un ligero codazo, sin disimular una sonrisa cómplice. Apreté los labios, sintiendo una mezcla de sorpresa y emoción mientras veía las flores en sus manos y lo miraba directamente a los ojos.
—¿En serio? —pregunté, riéndome un poco, más por los nervios que por otra cosa.
—Claro que sí. —Ethan sonrió, bajando un poco la mirada de forma tímida, pero sin perder la seguridad—. Digo, si tienes tiempo, me encantaría que fuéramos a algún lado.
Sentí el calor subir a mis mejillas y, tras un segundo de sorpresa, respondí:
—Por supuesto, me encantaría.
Ethan me sonrió mientras me entregaba las flores, y pude ver cómo sus ojos brillaban un poco más al escuchar mi respuesta. Alisson lanzó un pequeño suspiro de emoción, y yo me reí por lo bajo. Tomé el ramo entre mis manos, sintiendo la suavidad de los pétalos, y respiré el aroma fresco de las flores mientras Ethan se despedía con una promesa de que luego me daría más detalles de la cita.
Después de que se fue, me quedé observando el ramo con una sonrisa. Ethan siempre había sido dulce y, de alguna manera, había sido justo el gesto que necesitaba. Sin embargo, sentí un par de ojos clavados en mí. Al levantar la mirada, me encontré con Alex, observándome desde su mesa al otro lado de la cafetería.
Sus ojos no se apartaban de los míos, y su expresión era difícil de descifrar. Entre curiosidad, incomodidad y... algo más que no logré entender. Me pregunté cuánto de la escena había presenciado, y por un momento sentí un impulso extraño de saber lo que estaba pensando. Pero aparté la mirada, decidiendo ignorarlo.
Después de todo, ¿qué importaba lo que él pensara?
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Dime que me odias
Teen FictionMia Clair y Alex Hill han pasado toda su vida compitiendo. En la escuela, en las pistas, en cada maldito lugar donde se cruzan. Ella lo odia con cada fibra de su ser. Él, en cambio, adora que lo odie. Porque hay algo en la forma en que Mía frunce el...
