Cap 45 : Un poco de paz

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Desperté sintiendo el peso del cansancio en mis párpados, como si no hubiera dormido en absoluto.

A medida que mis sentidos despertaban, percibí el suave aroma a madera y tierra húmeda que me rodeaba, y me di cuenta de que seguía allí, en el mismo lugar, envuelta en los brazos de Ivar.

Su pecho subía y bajaba de manera pausada bajo mi mejilla, y el calor de su cuerpo contrastaba con la brisa fresca de la mañana que se filtraba entre las ramas de los árboles.

Sentí el rostro fresco, pero mis ojos aún pesaban, pegados por el rastro de las lágrimas que había derramado sin poder evitarlo.

La vergüenza comenzó a surgir como un torrente incontrolable.

Él me había visto llorar, había sido testigo de algo tan privado, tan oculto para mí.

El recuerdo de mis lágrimas me abrumaba, y deseaba poder volver atrás y evitar que él hubiera visto esa parte de mí, tan vulnerable, tan rota.

- Ivar... -mi voz apenas salió en un susurro, intentando no romper el momento pero buscando, sin saber por qué, su atención.

Él bajó la mirada hacia mí y me dedicó una expresión serena, tan cálida que me hizo sentir expuesta y a la vez segura.

En silencio, sus dedos se deslizaron por mi rostro, apartando un mechón de cabello que cubría mis ojos.

Sentí el contacto de su piel en la mía, un gesto sutil y tan delicado que me desconcertó.

No apartó la mirada, y su intensidad me obligó a bajar la vista.

Tomé aire y, con voz baja, murmuré:

- ¿Podrías fingir que no me viste llorar?

Sentía mi rostro arder de vergüenza, pero intenté mantenerme serena.

Su respuesta llegó en forma de una sonrisa apenas perceptible, un destello de ternura que pocas veces le había visto mostrar tan abiertamente.

- No lo haré -dijo, sin vacilación-. Te ves linda así, con el rostro pálido y los ojos hinchados.

La sorpresa me arrancó una sonrisa involuntaria, y noté que él la observaba con satisfacción, como si el solo hecho de hacerme sonreír fuera suficiente para él.

Su humor era desconcertante, inesperado, y aún en mi incomodidad, sentí cómo la vergüenza disminuía un poco, reemplazada por una calidez que se extendía en mi pecho.

- Mira esa sonrisita -comentó, con un tono divertido que, lejos de hacerme sentir incómoda, me hizo sonreír aún más, bajando un poco el rostro para ocultarme en su pecho.

El silencio se asentó entre nosotros, cómodo y profundo.

Estaba acurrucada, rodeada por la calidez de su abrazo, con mi rostro apoyado en su pecho, mientras escuchaba el ritmo firme y constante de su respiración.

Era la primera vez en mucho tiempo que sentía algo tan sencillo como paz, como si el mundo exterior se hubiera desvanecido y solo quedáramos él y yo, allí, en esa intimidad inesperada y sincera.

- ¿Qué quieres hacer? -preguntó de pronto, con una voz suave que rompió el silencio sin perturbarlo.

La respuesta escapó de mis labios antes de que pudiera pensar en ella. Apenas en un susurro, murmuré:

- No quiero entrar.

Al oír mis palabras, Ivar frunció el ceño, su mirada se tornó inquisitiva, como si tratara de descifrar el significado oculto detrás de mis palabras.

El Mismo Temperamento +18Donde viven las historias. Descúbrelo ahora