Cap 48 : En paz

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La ceremonia comenzó en silencio, cada invitado se quedó inmóvil al ver aparecer a la esposa de Björn al final del camino de piedras.

Su vestido de lino claro ondeaba con cada paso, adornado con bordados dorados que relucían bajo la luz de las antorchas.

Caminaba con una gracia que pocas veces se veía, la cabeza en alto y una sonrisa tímida en los labios.

Su mirada se posaba únicamente en Björn, y en sus ojos parecía brillar la promesa de una vida juntos.

Era imposible no notar su belleza, que venía desde dentro, como una luz cálida que iluminaba todo a su alrededor.

Al llegar al altar, Björn extendió la mano hacia ella.

Se miraron en un silencio cómplice, compartiendo algo que todos percibimos: la fuerza de su unión.

No necesitaban palabras; sus ojos hablaban, y todos, por un instante, sentimos la profundidad de su amor.

Tras los votos, comenzó la fiesta, y pronto el aire se llenó de música, risas y el aroma de carne asada, pan fresco y frutas secas.

Las largas mesas de madera en el claro central estaban cubiertas con manteles de lino y adornadas con flores y hierbas aromáticas.

Velas dispuestas en cada rincón iluminaban la noche con sombras danzantes que parecían tener vida propia.

Nos tomamos de las manos y comenzamos a girar en grandes círculos, celebrando la unión de Björn y su esposa.

Las jarras de hidromiel pasaban de mano en mano, y nuestras voces se elevaban en un canto alegre que resonaba en todo el claro.

Los pies se movían, y el mundo parecía bailar junto con nosotros bajo la luna.

Entre el bullicio y la música de tambores y flautas, observé a Björn desde la distancia.

Con su esposa a su lado, él parecía diferente: pleno y relajado, una dulzura en su mirada que jamás había imaginado en un guerrero tan serio.

Y allí estaba también Ivar, hablando con otros guerreros que bebían y bromeaban en un círculo ruidoso.

Sentía su mirada de vez en cuando, como una brisa inesperada que me hacía volverme, solo para encontrarme con su expresión enigmática y su media sonrisa.

Cuando llegaron los juegos, Björn se adelantó con su esposa, quien reía sin soltar la mano de su esposo.

Un guerrero alto los retó a una competencia de levantamiento de peso, y, para sorpresa de todos, la esposa de Björn aceptó con una sonrisa traviesa.

La multitud estalló en aplausos y vítores, mientras todos disfrutábamos del espectáculo.

—¿Participarás en los juegos, Xacnia? —me preguntó Ivar de repente, apareciendo a mi lado con la mirada fija en la multitud que celebraba.

Lo miré de reojo, sintiendo el calor de su presencia. —No creo que sea necesario que me haga notar entre todos estos guerreros. Hoy no. —Sonreí, aunque mis ojos se posaron en un par de hachas descansando en un banco cercano, como si ya hubieran sido parte de un juego anterior.

Él alzó una ceja, casi como si quisiera desafiarme. —Podrías darles una lección de verdad. Tal vez nadie te ha visto en acción, pero yo sé que hay fuerza detrás de esa sonrisa.

Lo miré y reí suavemente, decidiendo que dejaría los combates para otra ocasión. —Es la boda de Björn, Ivar. Hoy es su momento. Quizás otro día, cuando las apuestas sean más altas.

Él asintió, pero sus ojos no abandonaron los míos.

Durante un momento, el ruido y la multitud parecieron desvanecerse, y sentí que estábamos solos, como si la música, las risas y la multitud no existieran.

Sentí que el suelo se movía bajo mis pies, una sensación que solo él lograba despertar en mí.

De repente, los tambores cesaron, y una melodía suave y lenta comenzó a sonar, anunciando el baile de los novios.

Todos hicimos espacio, formando un círculo alrededor de ellos mientras Björn y su esposa se tomaban de las manos, sus movimientos llenos de ternura.

La música nos envolvía a todos, y había algo mágico en verlos girar suavemente, perdidos en su propio mundo.

Mientras todos los miraban, mi vista se desvió hacia el borde del círculo y vi a Ivar, apoyado contra una pared de madera, observándome en silencio con una media sonrisa.

Mi corazón dio un vuelco.

A pesar de su postura casual, sus ojos me buscaban.

Sin pensarlo, me acerqué y, sin decir nada, le tendí la mano.

La sorpresa cruzó su rostro, pero rápidamente fue sustituida por una expresión de emoción contenida.

Tomó mi mano, y en sus ojos vi algo que pocas veces se permitía mostrar.

Sentí su pulgar acariciar suavemente el dorso de mi mano, como si agradeciera que hubiera dado el primer paso.

Nos unimos al baile lento.

Él colocó su mano en mi cintura, atrayéndome hacia él con firmeza.

Yo rodeé su cuello, y nuestras frentes se encontraron, descansando una contra la otra mientras nuestros cuerpos se movían al ritmo de la música.

No había más ruido, ni gente alrededor; solo nosotros, en una burbuja de paz y esa tensión sutil que se entremezclaba con cada respiración.

Nuestros ojos permanecieron fijos, sin desviar la mirada ni un segundo, como si temiésemos que al romper ese contacto, el momento se desvanecería.

Había algo en sus ojos que nunca había visto antes, algo vulnerable y al mismo tiempo decidido.

—Nunca imaginé verte así —murmuró, su voz suave pero cargada de significado—. En medio de todo esto, entre luces y música… como si fueras parte de un sueño.

Sonreí, sintiendo el calor de su aliento en mis labios, tan cerca que casi podíamos tocarnos, pero sin atrevernos a dar ese último paso. —Entonces, no despiertes —le respondí en un susurro—. Porque yo tampoco quiero despertar.

Su mano en mi cintura se apretó, y sentí cómo su respiración se hacía más lenta, más profunda. —Es un sueño en el que quiero quedarme atrapado, contigo, aunque dure solo una noche.

A medida que la noche avanzaba, las jarras siguieron pasando de mano en mano y las risas aumentaban.

Björn y su esposa se retiraron, y sus amigos lanzaron bendiciones y vítores en su honor.

La celebración continuó, aunque ahora con un tono más suave e íntimo.

Caminé hasta el borde del bosque, buscando un momento de silencio, una pausa. No tardé en sentir la presencia de Ivar acercándose detrás de mí.

—Eres distinta esta noche —murmuró, su voz profunda resonando en el aire fresco.

—Quizás porque hoy me siento… en paz —respondí, mirando hacia las luces lejanas de la aldea, sintiendo una calma que pocas veces me permitía tener.

Él me estudió en silencio, y al final, como un reflejo de nuestras almas, extendió su mano hacia la mía.

No dijimos nada más, pero en ese gesto, en ese pequeño contacto en medio de la oscuridad, supe que la promesa que habíamos hecho junto al río seguía viva, latiendo entre nosotros, silenciosa y firme.

La celebración continuó hasta el amanecer, y con ella, la certeza de que algunos vínculos, aunque en silencio, están destinados a durar más allá del tiempo y del espacio.





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En paz
























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