Cap 20: Pequeño demonio

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Mientras preparaba los pigmentos, sentía que mi mente se dividía en dos.

Una parte de mí intentaba concentrarse en los movimientos metódicos de mezclar los colores, asegurándome de que cada uno alcanzara el tono adecuado, la consistencia perfecta.

El rojo profundo necesitaba más ocre, el negro menos densidad para que las líneas fueran finas y precisas.

Pero la otra parte de mí seguía atrapada en el eco de las palabras que había escuchado esa misma mañana. "Le dimos nuestra palabra a ellos, no a ella".

Esas palabras resonaban en mi cabeza como un tambor apagado, cada golpe llenando los huecos de mi mente con más preguntas que respuestas.

¿Quiénes eran esos "ellos"?

A medida que mezclaba los pigmentos, mi mente viajaba sin rumbo, recordando fragmentos de conversaciones que nunca había tenido la intención de escuchar.

Palabras lanzadas al aire en susurros entre puertas entreabiertas.

¿Qué tipo de promesa se había hecho y por qué no se había incluido mi nombre en ella?

Sabía que en este lugar, las promesas y alianzas eran moneda corriente, pero algo sobre esa frase me inquietaba profundamente.

¿Qué significaba para mí? Cada pincelada imaginaria que daba sobre la paleta, cada mezcla precisa de pigmentos era un recordatorio de que algo oscuro y peligroso acechaba en las sombras de esta fortaleza.

Con un suspiro, sacudí la cabeza, intentando deshacerme de esos pensamientos antes de que se apoderaran por completo de mi mente.

Era crucial que me concentrara, que mantuviera la compostura.

Alisé con cuidado la piel que iba a utilizar, la cual sustituiría el lienzo habitual.

Sentí su textura bajo mis dedos: suave, tersa, aunque con un aroma ligeramente rancio que me recordó a lo efímero de la vida, al ciclo inevitable de creación y destrucción.

Esta elección no era casual; había algo simbólico, casi primitivo, en pintar sobre piel.

Algo que resonaba profundamente en mí, en lo que estaba sintiendo, en lo que quería transmitir.

Sabía que esta elección captaría la atención de Ivar, que lo obligaría a mirarlo más allá de lo evidente, a desentrañar el significado oculto detrás de cada pincelada.

Y eso era exactamente lo que necesitaba.

El silencio pesado de la habitación se rompió de repente cuando la puerta se abrió sin previo aviso.

Mi cuerpo se tensó automáticamente, como si cada músculo se hubiera preparado para la llegada de su inconfundible presencia.

Ivar entró con su paso firme y seguro, ese que hacía que su mera entrada transformara la atmósfera del lugar.

Era como si el espacio mismo se encogiera o adaptara a la intensidad de su ego desbordante.

Mis manos, que hasta ese momento habían seguido moviéndose con precisión, se detuvieron brevemente.

Levanté la mirada para observarlo, tratando de captar sus primeras reacciones.

Su mirada recorrió la habitación rápidamente, y en sus ojos apareció una chispa de confusión. No encontró lo que esperaba.

—¿Dónde está la tabla o el papel? —preguntó, su ceño fruncido como si el simple hecho de que algo fuera diferente le causara una leve irritación.

El Mismo Temperamento +18Donde viven las historias. Descúbrelo ahora