29. S dnem rozhdeniya*

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―Su alteza imperial, recuerde no mirar de frente a la cámara, la idea es que parezca que estamos teniendo una conversación.

―Entiendo.

―¿Pudo leer la lista de preguntas que le mandamos la semana pasada?

―Si, muchas gracias.

―Perfecto. Kaori-san, ¿terminaste con los retoques?

Hai.

―Bien, entonces comencemos.

La familia real japonesa ya sabía que todos los años en navidad tenía que ceder un tiempo a la prensa.

Supuestamente todos en el país del sol naciente ansiaban saber cómo estaba decorado el palacio por navidad, querrían saber sobre la noche buena, si habían comido KFC en la cena y qué se habían regalado mutuamente el emperador Toshiya y la emperatriz Hiroko. También querrían saber sobre el príncipe y cómo celebraba a sus 27 años la navidad con la familia.

Yuuri, por su parte, tendría que soportar con una sonrisa fingida las mismas preguntas de todos los años.

No quería admitirlo, pero ese año su corazón se había alegrado ante la idea de esa entrevista de navidad. Con Victor allí, la prensa se hubiera concentrado en preguntarle por los obsequios que se hubieran dado mutuamente, la cita romántica que hubieran tenido paseando con una barca  en el lago de los terrenos del castillo y sobre la alegría de la celebración compartida. En Japón, la navidad es una fiesta para dar amor en pareja y por fin ese año hubiera podido celebrarlo con bombos y platillos, a la par que celebraba el cumpleaños de Victor. Al menos es lo que había pensado. Ahora, aún con el corazón roto por su ausencia, Yuuri tenía que seguir sonriendo, contestando preguntas ridículas que seguro nadie quería saber sobre él.

―Su alteza imperial, ¿cual de sus padres es el más romántico?

―Ambos lo son. Llevan muchos años juntos y saben muy bien lo que el otro quiere con solo mirarse.

En el fondo, tanto Toshiya como Hiroko observaban curiosos la grabación. Ellos mismos seguirían después de la entrevista de su hijo y no querían dejarlo solo frente a las cámaras. Minako, también de cerca, revisaba la lista de preguntas que había compartido días atrás con el príncipe. Habían repasado mucho, tanto que la sonrisa que llevaba puesta Yuuri casi parecía natural.

―Su alteza imperial, ¿Cuál ha sido el regalo más lindo que ha recibido por navidad?

―Mis primeros patines de hielo ―contestó de inmediato.

―¡Oh! ¿Suele patinar mucho?

―Sí. Amo el hielo y debo confesar que lo tengo al alcance de mi mano. En el palacio hay una pequeña pista de hielo que solíamos usar mi hermana y yo. Cuando ella se fue a vivir con su esposo dejó el palacio y ahora solo la uso yo.

La periodista habló de su experiencia con el hielo, pero todo lo que tenía Yuuri en la cabeza eran los momentos compartidos con Victor en aquella pista. Los giros repletos de risas enamoradas, la vez que Victor trató de levantarlo y al final cayeron los dos al piso con un moretón en el muslo, los besos indiscretos después de un par de horas compartidas entre la superficie helada y las camisetas sudadas. De eso, lamentablemente, no podía hablar.

―Bueno, y dígame, ¿Cómo celebra usted la navidad?

―En familia. En occidente es una fiesta religiosa, pero también familiar. Y creo que es importante rescatar eso. Sé que en Japón se centra más en la celebración con la pareja, pero mis padres en ese aspecto siempre nos han incluido en sus planes.

―Esa es una visión muy interesante. Cuéntenos más de ello.

Más preguntas y más respuestas. Las mejillas de Yuuri se encontraban entumecidas  por la sonrisa fingida por tanto tiempo. No quería estar allí, quería terminar el proyecto que le había prometido a Hiromu-Sama, ir a patinar un rato y luego cerrar sus ojos para no pensar en el hecho de que su cuerpo y su corazón ansiaban estar al lado de Victor para cantarle por su cumpleaños.

Kiku  No  YuuriHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora